Henry Camargo
Docente coordinador del Colegio Gerardo Paredes de la localidad de Suba
Yeison Albeiro Olarte
Docente coordinador del Colegio Gerardo Paredes de la localidad de Suba

¿Se vale regresar a lo mismo? Volver a una escuela mejor

Miradas a la educación

Las instituciones educativas necesitan regresar a la presencialidad, así sea mediante la alternancia y, ojalá, a la presencialidad permanente lo más pronto posible. Lo requieren nuestras sociedades tan necesitadas del contacto y la proximidad corporales ¿Pero...volver a la misma escuela que ya hemos cuestionado? ¿Regresar a una escuela que a la vez avanza como retrocede de acuerdo con las posibilidades que le permite la administración de turno?

Los docentes nos enfrentaremos a una nueva realidad que se asoma poco favorable, marcada por los miedos que emergen en medio de las campañas de autocuidado, a los fenómenos de las violencias de las cuales muchos NNJ han sido víctimas y que probablemente se agudizaron en el confinamiento. Necesitamos regresar a una escuela diferente en la cual se promuevan las relaciones horizontales, la empatía que reconozca los universos emocionales humanos, y se elimine la violencia como estrategia para la solución de conflictos, lo cual es posible si priorizamos la educación socioemocional y transformamos las estrategias para hacer justicia.

La pandemia del Covid 19 hizo evidentes las desigualdades que tenemos en nuestra sociedad y en especial en la escuela, según el Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Pontificia Universidad Javeriana (2020) “En los grados quinto y undécimo, cerca de la mitad de los estudiantes de colegios públicos reportaron que en su hogar contaban con servicio o conexión de internet o que tenían computador” (pág. 1). De lo cual surge la pregunta obvia ¿qué sucede con la otra mitad que no tenía o tal vez aún no tiene tal conectividad? O, como se pudo observar en el Colegio Gerardo Paredes I. E. D. tener servicio de internet no siempre está relacionado con la tenencia de un dispositivo capaz de realizar tareas académicas para cada miembro que lo requiera; es decir, lo usual ha sido familias con un teléfono inteligente o un único computador (probablemente obsoleto) para que acceda más de un miembro. Comúnmente el celular disponible es para uso del adulto que lo provee, con el que suele trabajar, y el acceso a las tareas escolares de los estudiantes queda restringido a los tiempos de ese adulto.

Esta pobreza tecnológica permitió además identificar que el uso de estos dispositivos privilegiaba la recreación no el estudio o la producción. Las habilidades en el uso del internet eran precarias frente a las demandas del nuevo escenario de educación remota.

El acceso a la conectividad, la disponibilidad de equipos actualizados y el conocimiento de su uso para el estudio y la labor académica se convirtieron en desafíos para el sistema educativo, sin embargo, los colegios privados que estaban mejor capacitados o tuvieron los medios para actualizarse y adaptarse lo hicieron en menos de 6 meses, mientras los colegios públicos debieron transitar más lenta, desigual y ardorosamente este camino. Los docentes para intentar enfrentar esta desigualdad apelaron a recursos del siglo XX: guías impresas, el correo físico y llamadas telefónicas; y a uno de los recursos del siglo XXI con mayor cobertura de las TIC: las web de redes sociales más populares y de mayor acceso (por favorabilidad de los operadores de telefonía y ser entretenimiento comercial) así nunca hubieran tenido el cometido fundamental de ser herramientas educativas y otras estrategias que aún desconocemos.

 Los docentes para intentar enfrentar esta desigualdad apelaron a recursos del siglo XX: guías impresas, el correo físico y llamadas telefónicas; y a uno de los recursos del siglo XXI con mayor cobertura de las TIC: las web de redes sociales más populares y de mayor acceso (por favorabilidad de los operadores de telefonía y ser entretenimiento comercial) así nunca hubieran tenido el cometido fundamental de ser herramientas educativas y otras estrategias que aún desconocemos.

A pocas semanas de regresar a la alternancia, conocemos que las y los estudiantes que han contado con el acceso, los dispositivos y el conocimiento para usar las TIC de forma amplia,  tienen ventajas para adquirir el capital cultural que favorece desarrollar competencias críticas puesto que pueden contrastar la información presentada por los docentes, han sido nativos digitales que tienen la competencia para consultar, investigar, explorar en internet con la facilidad que un estudiante de otras épocas podía consultar en textos, ya fuera que los tuviera en casa o por acceso a una biblioteca bien equipada. Es decir, el acceso y uso óptimo de la información parece seguir siendo un privilegio. La presencialidad tan solo esconde este fenómeno y continua la brecha, quien no cuenta con acceso a internet en su hogar presenta mayores barreras para obtener la información. Con el regreso a la presencialidad las escuelas tendrán que enfrentar el aumento de la desigualdad debido a la disminución de ingresos económicos en las familias por la precarización del trabajo, lo que impacta negativamente las posibilidades de mejor educación formal.

Regresamos a una escuela más desigual puesto que la distribución objetiva de recursos en casi menos de un año se precarizó de forma estrepitosa (Guevara, 2021), la adquisición de los recursos escolares empeoró y debemos afrontar esa desigualdad en una escuela que se adapta a pesar de las precariedades de todo orden. Paradójicamente, contamos con una escuela desigual para el reencuentro igualitario. Pensar en una verdadera inclusión implica amplios desafíos, debemos preguntarnos a que escuela debemos regresar, luego de más de un año de confinamiento y con un país en crisis.

¿Qué puede estar al alcance de la escuela para participar en el cierre de la brecha?

 Para afrontar este reto la escuela requiere repensar su misión social actual, no puede continuar siendo una entrenadora o instructora especializada del Estado para cumplir con el cometido de “impartir” conocimiento o preparar jóvenes para las necesidades de la industria; debe educar para la vida y esto implica pensar la educación integral, es decir no solo desde el ser cognitivo sino desde el ser socioemocional.

Estudiantes, maestros y maestras, familias socioemocionalmente “solventes” posiblemente serán capaces de ser y formar ciudadanías empáticas. Nuestra sociedad requiere urgentemente hacer suyas esas comprensiones complejas. Necesitamos una escuela que no esté separada de la familia, que se reconozca a sí misma como contenedora de familias, en tanto cada docente y directivo o administrativo transita sus roles de un escenario a otro, es padre o madre, hermana o hija, es miembro de una familia y en uno u otro escenario reproduce patrones culturales que favorecen el ser parte de la solución.

Una escuela que prioriza el componente socioemocional puede generar empatía y así reconocer su diversidad y complejidad, permitiendo conectarse entre estamentos que tradicionalmente resuelven de acuerdo con sus estrictas responsabilidades de acuerdo con la tradicional y caduca separación en campos de conocimiento, y no a las necesidades colectivas de resolver problemas para el conocimiento. Se debe construir un "cuerpo calloso" que comunique sus hemisferios cerebrales, que pueden ser el comité de convivencia y el consejo académico, las ciencias “duras” y las humanidades, los maestros y los estudiantes. Los actores que suelen generar tensiones entre sí requieren escucharse, comprenderse y “empatizarse” de manera que hagan posibles diálogos novedosos para una escuela que cierre brechas.

Al pensar el “regreso a la escuela presencial” emergen otras preguntas referentes al orden relacional: ¿Cómo y cuándo sucederá? ¿Estarán listas las medidas de bioseguridad en todos los planteles? ¿Cuándo estaremos plenamente seguros del bienestar de todos en la escuela? Estos cuestionamientos remiten a la necesidad de tener certezas de nuestra supervivencia.

Otras preguntas que van más allá de la seguridad “biológica”, las que nos llevan hacia el cara a cara, a nuestra corporeidad: ¿Cómo vamos a reconocernos a través del tapabocas? ¿Cómo nos sentiremos cuando nos encontremos? ¿Evitaremos abrazarnos? ¿Quiénes habrán tenido pérdidas de familiares, amigos o quiénes habrán fallecido entre nuestros colegas? ¿Qué estudiantes volverán y cuáles no? Esto pensando en los docentes...

Y si preguntamos a los estudiantes probablemente tendrán dudas como: ¿Con quienes estaré en el salón? ¿Volverán los que me caen mal, los que “me la montan”? ¿La niña que me gusta estará? ¿El niño que me gusta regresará? ¿Volverá la profesora X o el profesor Y? …

Las familias sobrecargadas de nuevas y extrañas responsabilidades, con más carencias, han confiado hijos e hijas a la institución de la escuela por generaciones, pueden preguntarse con insistencia ¿Cuándo van a volver al colegio? ¿Voy a poder dedicarme a mi trabajo de nuevo? ¿Se acabarán los bonos de alimentación? ¿Si habrán aprendido lo necesario para la universidad o para el trabajo? …

Luego de transitar por estas dudas ¿Volver a la escuela a qué?

Se ha planteado la necesidad de proponer una escuela que atienda la desigualdad en oportunidades objetivas “materiales” y “relacionales” para sus miembros, sin embargo hay que ir más allá, a la pedagogía y a las crianzas. Y hay nuevas preguntas ¿vamos a regresar a la educación mediada por un sistema de evaluación que sigue privilegiando resultados de una sociedad de la producción? ¿A pedagogías y métodos anacrónicos? ¿A las situaciones de violencia de aula y a las que se agudizaron en las casas? (la escuela suele ser un salvavidas para esos NNA violentados) ¿A la presencia marginal de muchas familias ausentes en la formación de sus hijos?

En algún momento de la historia reciente, cuando los Estados dieron a los derechos humanos la relevancia que la modernidad pretende, la escuela se transformó en un escenario protector, se constituyó en un factor para eliminar desigualdades. La escuela hizo posible identificar entre otras las diferentes violencias que suceden en la vida de los estudiantes y se generaron estrategias para disminuir su impacto. Una meta fue reducir la violencia infantil que utilizan muchas familias, sin reconocerla como una estrategia de disciplinamiento.

El acceso y uso óptimo de la información parece seguir siendo un privilegio. La presencialidad tan solo esconde este fenómeno y continua la brecha, quien no cuenta con acceso a internet en su hogar presenta mayores barreras para obtener la información. Con el regreso a la presencialidad las escuelas tendrán que enfrentar el aumento de la desigualdad debido a la disminución de ingresos económicos en las familias por la precarización del trabajo, lo que impacta negativamente las posibilidades de mejor educación formal.

Nos han enseñado y reforzado en casa, y algunos actores de la escuela, que la violencia puede legitimarse para hacer justicia. Según los datos de la encuesta de caracterización del Colegio Gerardo Paredes I. E.D (2021) el 61 % de la violencia en contra de las niñas, niños y jóvenes se presenta en el hogar y el 31% se presenta en riñas de pares o algunas agresiones simbólicas entre docentes y estudiantes.

Gracias a que en la escuela se identificaron las heridas físicas y emocionales de la infancia, fue posible llegar a tener protocolos y rutas de atención institucionales para la restitución de derechos y puede creerse que este deber-hacer es suficiente; que otras instancias del Estado intervengan desde los ámbitos legales protectivos para atender la vulneración por violencias es un logro enorme frente a los índices de violencia contra NNJ[1], de acuerdo al artículo 28 de la Ley 1620 de Convivencia Escolar de 2013. Sin embargo, puede hacerse más desde el aula y así lo han comprendido y asumido maestros y maestras que le apuestan a la contención emocional, al acompañamiento y el cuidado de sus estudiantes vulnerables. Debemos ir más allá , apostarle a la sanación y el agenciamiento, a la supresión de cualquier reproducción de prácticas de violencia legitimadas (el castigo, el señalamiento, la expulsión subrepticia, la intimidación desde el poder, etc.), debemos pensar que trabajamos con un ciudadano y debe ser educado para la libertad.

El acceso y uso óptimo de la información parece seguir siendo un privilegio. La presencialidad tan solo esconde este fenómeno y continua la brecha, quien no cuenta con acceso a internet en su hogar presenta mayores barreras para obtener la información. Con el regreso a la presencialidad las escuelas tendrán que enfrentar el aumento de la desigualdad debido a la disminución de ingresos económicos en las familias por la precarización del trabajo, lo que impacta negativamente las posibilidades de mejor educación forma

Tenemos que regresar a una escuela que afronta la desigualdad mediante la atención del cuidado propio, del otro y el territorio; una escuela para la formación ciudadana, el reconocimiento, el respeto y promoción de los derechos humanos, sexuales y reproductivos; para la sociedad de la globalidad y la localidad, para atender lo que está a su alcance y formar jóvenes transformadores del país.

La realidad de nuestra sociedad requiere regresar a una presencialidad en la que el pensamiento crítico sea posible en un diálogo real con los marcos de referencia tradicionales (el “poder”, la “autoridad”, el “control”, el “desempeño”, del ser “juicioso”, de los “valores”, los “deberes” condicionados a los derechos) apropiados por los adultos (docentes y familias) en relación con nosotros mismos y con los estudiantes.

La invocación de pensar la crisis para el cambio es fundamental ahora que nuestra sociedad ha vivido el Paro Nacional de mayo de 2021 y son visibles las demandas de los jóvenes agotados ante unas estructuras laborales, económicas, políticas, sociales excluyentes, perpetuadoras del privilegio deslegitimado tras décadas o siglos de apabullamiento del menos favorecido.

Queremos volver a la escuela al ejercicio altérico de re-conocer al otro, a desarrollar y fortalecer la empatía para el cuidado de la emoción y para la formación académica, a promover la disminución de brechas culturales que redunden en el cierre de brechas económicas, a formar en el agenciamiento ante quien detenta y ejerce el poder. Es hora y está en nuestras manos la eliminación de las prácticas atávicas de la desigualdad para darle a la escuela un sentido revolucionario del siglo XXI.

 

[1] Ley 1620 de 2013