La educación ambiental, prioridad en un nuevo contrato social
“Hay demasiados rostros humanos que sufren esta crisis climática: además de sus impactos cada vez más frecuentes e intensos en la vida cotidiana de muchas personas, especialmente de las poblaciones más vulnerables, nos damos cuenta que también se ha convertido en una crisis de los derechos de los niños y que, en un futuro próximo, los migrantes por motivos medioambientales superarán a los refugiados por conflictos”
“Hay que prestar especial atención a las poblaciones más vulnerables, con las que se ha acumulado una ‘deuda ecológica’ vinculada tanto a los desequilibrios comerciales con consecuencias medioambientales, como al uso desproporcionado de los recursos naturales propios y ajenos. No lo podemos negar”
Mensaje del Papa Francisco a los dirigentes de la COP 26.
La educación integral es una responsabilidad de todos, un proceso en el cual la escuela tiene el papel fundamental de la transformacion de las subjetividades al interior de las instituciones y en la que estamos llamados a cambiar el rumbo tanto de la ciudad como del país y el mundo.
Los nuevos liderazgos que estamos viendo en nuestros jóvenes, también se ven representados por niños y jóvenes que le apuestan a la transformacion inmediata de los conceptos sociales que se tenían y a cambiar el estatus que se consideraba relevante para el mantenimiento de la sociedad.
Javier Francisco Vera y Greta Thunberg, son dos ejemplos claros de los que el mundo de los niños, niñas, adolescentes y jóvenes están reclamando a los adultos, a la escuela, a la sociedad. Representaciones de jóvenes y colectivos que a lo largo de la ciudad y desde sus instituciones le apuestan al empoderamiento de sus territorios, espacios, estructuras ecológicas y comunidades.
Bogotá es un territorio rico en ecosistemas, con más de 15 humedales reconocidos y cuatro ríos principales a los que llegan innumerables quebradas que dividen a la ciudad en diferentes territorios ambientales. Desde los cerros orientales, hasta el meandro de Say y el rio Bogotá, desde los cerros del norte hasta el páramo más grande del mundo, en la localidad de Sumapaz, nuestros estudiantes están desarrollando actividades por la recuperación de las estructuras ecológicas de la capital.
Las notas de prensa dan cuenta de las muchas acciones que nuestros estudiantes están haciendo para mitigar los efectos del cambio climático, buscar la seguridad alimentaria en las huertas escolares, no lejos de integrarlas a los saberes ancestrales de los habitantes de nuestra sabana, las jornadas de avistamiento de aves son algunas de las actividades que alimentan los Proyectos Ambientales Escolares (PRAE) de las instituciones capitalinas.
El Proyecto Ambiental Escolar, establecido en la Ley 115 de 1994, se convierte en una carta de navegación que bajo el liderazgo de directivos, docentes y estudiantes y con la participación de la comunidad, que permite desarrollar variados proyectos, como variadas son nuestras instituciones capitalinas.
Proyectos y acciones que hacen de los colegios “aulas vivas” para aprender desde la práctica y desde el territorio, el empoderamiento y la transformacion ciudadana, fortaleciendo igualmente iniciativas como las de Incitar para la paz, en la que las competencias socioemocionales se fortalecen de la mano del trabajo en equipo, de las jornadas de limpieza y siembra de plantas nativas en los territorios, en las riveras de ríos y quebradas, antaño olvidadas, pero que de la mano de docentes, estudiantes y comunidades hoy reverdecen de biodiversidad, atrayendo nuevamente esos “vecinos inesperados” de los cuales poder aprender.
La Misión de Educadores y Sabiduría Ciudadana fue igualmente un espacio donde el tema ambiental sentó un precedente para tener en cuenta en el futuro de la ciudad. Como lo señala la Misión, los Objetivos de Desarrollo Sostenible son una ruta de la cual solo nos queda 10 años para evitar el no retorno de la crisis ambiental global y en la que nuestros estudiantes están haciendo activismo desde sus vivencias propias y están desarrollando programas de la mano de sus docentes para mitigar las consecuencias de un mundo globalizado, donde el ego mercantilista del antropoceno no prime sobre los intereses de la humanidad.
No debemos olvidar que el 75% del territorio capitalino es rural, aunque solo lo habite menos del 1% de la población de la ciudad. En estos ecosistemas nuestros estudiantes se encuentran con estructuras ecológicas ricas en biodiversidad tanto en flora como en fauna, que las hacen únicas en la ciudad y en el país. Nuestros estudiantes deberían convertirse en guardianes de nuestra biodiversidad.
Si algo nos enseña la pandemia es la importancia de reencontrarnos con la naturaleza, después de vivir por más de un año con la incertidumbre de un planeta cambiante, donde la naturaleza se recuperó. Ahora es el turno de nuestros estudiantes de conservar estos cambios en beneficio de ellos, de todos. Es también importante que las competencias socioemocionales se vivan igualmente tanto en el aula como en el campo abierto, en las aulas ambientales, el Jardín Botánico, los nodos de biodiversidad y demás espacios verdes de la ciudad. Aulas verdes abiertas para aprender de la naturaleza, para desarrollar trasformaciones sociales que beneficien a todos por igual, donde la biodiversidad vuelva a ser el centro de la transformacion para su cuidado y protección.
Espacios en una construcción de tejido de subjetividades de los niños y niñas, donde despliegan su ser, para crecer en una nueva visión de ciudad, una idea que se va construyendo, que se le va otorgando vida a lo largo del tiempo, en el que se encuentran niños y niñas, con sus maestros y maestras, agentes educativos, cuidadores en la vivencia de la escuela natural, al aire libre, donde la ciudad se hace una escuela y la escuela una ciudad para explorar en conjunto, sin sesgos ni limitaciones, donde la naturaleza hace parte del currículo, vista no como apropiación sino como cohabitante del territorio.
Por ello estos lugares, sus estructuras ecológicas propias, son fundamentales para la vivencia de la experiencia de parte de los niños – niñas, jóvenes y adultos para reconocerlos y conocerlos desde su origen, su procedencia, su casa, su habitación, la forma como nos desplazamos y cómo se vive la ciudad. Este enfoque tiene toda la potencialidad de reconstruir relaciones ser-naturaleza-territorio de acuerdo con sus necesidades, intereses, ritmos ejerciendo acciones democráticas, de equidad, de libertad, entre niñas y niños, jóvenes entre maestros y maestras.
Bogotá es la capital de todos, somos pluriétnicos, pero también somos cultura, arte y expresión, y eso nos da una ventaja para multiplicar los conocimientos de todos, desde los territorios ancestrales de Suba, Bosa, Usme y Usaquén, para generar empatía por el territorio que acoge a todos por igual, al rico como al pobre, al citadino como al campesino, al niño como al obrero. Bogotá es rica en biodiversidad y estamos invitados a potenciar esta riqueza para las futuras generaciones.
No podemos continuar pensando en “los niños son el futuro” si nosotros los adultos no les dejamos un lugar donde desarrollarse. No podemos esperar que ellos solucionen el desastre que les dejamos, si no intentamos cambiar desde el ya y el ahora. Debemos generar acciones donde la comunidad se integre a la escuela y a los ecosistemas, generar campañas donde dejemos de ver a los ríos como caños o basureros, debemos genera campañas para que los polinizadores vuelvan, donde la diversidad también se de en el color, tanto en paredes con huertas verticales como en los jardines que engalanan nuestros entornos escolares.
En el color de la flores que siembran nuestros estudiantes tanto en sus colegios, huertas como en sus barrios, donde la tinguas, el capitán, la rana y la culebra sabanera no sean perseguidos por no conocerlos, donde una jornada de siembra, sea el espacio para encuentros intergeneracionales, donde las caminatas sirvan para el reencuentro y la reconciliación y no solo entre pares sino también con la naturaleza, donde nuestros cerros, ríos, humedales y quebradas sean sistemas vivos para conservar y disfrutar.
La Misión de Educadores dejo un gran reto: integrar a los más de 380 colegios, con sus diferentes sedes, a un nuevo pacto por la naturaleza, a un pacto por la resiliencia, donde los niños que nacen hoy, sean los adultos de esa capital que cumplirá 500 años en 2038, con una ciudad recuperada, sus ríos serán eco-corredores, sus cerros serán espacios para visitar y recorrer, el rio Bogotá ya será navegable, donde sus habitantes han aprendido a separar, reducir, recuperar, donde seremos más tolerantes con nuestros vecinos y con la naturaleza.
Ser partícipe de la Misión fue un orgullo y una oportunidad para contribuir a la construcción de una propuesta colectiva a la cual fui convocado, fue la oportunidad de dar a conocer lo que desde la institucion en la que laboro se hace para la transformacion de la escuela.
Desde lo ambiental, la búsqueda de un estudiante integral que no es ajeno a su territorio, a las problemáticas de su entorno y se hace uno con la naturaleza, convirtiendo los proyectos de aula y del PRAE en proyectos de vida, que permite la segunda titulación como técnicos en gestión ambiental, es una oportunidad de ejemplarizar lo que la escuela puede hacer.
Proyectos donde la formación de líderes en transformacion social, son el eje institucional y desde donde se busca la construcción de nuevas subjetividades en la educación, son una oportunidad de mostrar que el cambio es posible.
La integración y flexibilización curricular se dan desde los temas ambientales, que construidos desde y para el territorio se convierten en temas éticos, sociales, democráticos, de participación ciudadana y donde se puede hacer investigación tanto en el territorio como en el aula.
Tener la oportunidad de compartir experiencias en los diferentes semilleros de investigación escolar, propuestos por la Secretaria de Educación para potenciar los aprendizajes en la escuela, son una oportunidad para integrar las humanidades, la filosofía y la experiencia propia de los estudiantes a procesos que han permitido que los colegios sean reconocidos tanto a nivel distrital, como nacional e internacional por sus diferentes practicas académicas, donde la inclusión, el territorio, la academia y la convivencia confluyen en ideales de transformación escolar donde caben todos y todas.
Las oportunidades de poder compartir espacios y experiencias durante los diferentes encuentros de la Misión, con mis compañeros de aula como con estudiantes hacen de la experiencia docente una práctica enriquecedora donde se cambian las concepciones de mundo y de responsabilidad social, tanto locales como regionales y se tienen la oportunidad de mostrar que la educación está en primer lugar.