José Israel González
Docente Orientador del Colegio Distrital Nuevo Horizonte, en el barrio El Codito

El retorno a la escuela, una tempestad después

Miradas a la educación

El retorno a clases enteramente presenciales es prácticamente una verdad de Perogrullo. ¡Qué volvemos, volvemos! El meollo de la cuestión está en garantizar las condiciones objetivas más que subjetivas. Hasta ahora hay atisbos en el calendario 2021 que estipulan actividades con fechas tentativas, no se tiene concreción en el tiempo porque “los calendarios no miden el tiempo como los relojes; son monumentos de una conciencia histórica de tiempo como relojes” (Benjamin, 2008, p. 75). Hay apuestas, presiones y tensiones por el regreso a la vida escolar presencial, sin embargo, eso no es óbice para preguntarnos ¿a qué regresamos? La respuesta nos incumbe remitirla a quienes poseemos el saber pedagógico (Díaz, 1999, p. 123): a las pedagogas y pedagogos, más que a la burocracia estatal.

El regreso pende del manejo de la pandemia. En ese sentido, merece especial atención recurrir a las memorias de sangre, vegetal y mineral, para escudriñar en los abundantes relatos acerca de las adversidades por las que ha transitado la humanidad. Se trata de acontecimientos que la han acompañado y que esta, con sabiduría e ignorancia, ha tramitado, dejándonos poderosas lecciones para coger vergüenza y no repetir los deslices. Desde Tucídides, hasta Macondo, pasando por la Florencia de Boccaccio, la ciudad londinense de Defoe, la de Orán de Camus, por la ciudad del mal blanco de Saramago, por los tiempos del cólera en las riveras del río Magdalena; las pandemias, epidemias y endemias han alterado la acción humana azotándola, entre otras razones, por desbordamiento zoonótico. Pero, como en el Angelus Novus (Benjamin, 2008, p. 69), la humanidad ha logrado, cual irresistible tempestad, tornar el rostro de ese pasado presente, atiborrado de ruinas obradas por la catástrofe, hacia el presente futuro abundante de esperanza.

Ese Ángel de la historia que Benjamín ostenta en sus tesis, nos trae al triángulo de las memorias los “ojos desencajados” de los más de cincuenta millones de muertes ocasionados por la peste bubónica (XIV) y una cifra idéntica causada por la Gripe Alkansas de 1918 -mal llamada española-. Esos ojos reflejan, en su retina, los millones de víctimas del Síndrome Severo Agudo Respiratorio, los Ébola-Zaire y Sudán, el Síndrome Respiratorio de Oriente Medio, el ZIKA, dengue, tifo, cólera, sarampión y de la Gripe aviar 2004-2005, la tuberculosis, tos ferina, sífilis, influenza, viruela, malaria, leishmaniosis, rabia, el SIDA y los coronavirus circunscrito el SARS-CoV2 (Secretaría de Educación de Bogotá DC, 2021, p. 245). Empero, el cuadro de Klee también revela la “boca abierta” del ángel simbolizándonos la palabra, el grito de libertad y las potencialidades que esta cavidad le posibilita al ser humano: el lenguaje, la existencia física y mental.

El retorno a clases es prácticamente una verdad de Perogrullo. ¡Qué volvemos, volvemos!; el meollo de la cuestión está en garantizar las condiciones objetivas más que subjetivas. “A ciencia cierta” no lo sabemos aún, sin embargo, eso no es óbice para preguntarnos ¿a qué regresamos? La respuesta nos incumbe remitirla a quienes poseemos el saber pedagógico como razón de ser de la pedagogía.

Las alas, literalmente, son para volar. En nuestro caso, las alas tendidas del Angelus Novus están reservadas para que educadores y estudiantes principiemos un nuevo vuelo en la escolarización, sobre la base de las prácticas reflexionadas que nos ha dejado la crisis sanitaria. No ha sido la primera, ni será la última. Fue advertida por Bill Gates en 2015 teniendo como referencia la epidemia del Ébola y análogamente lo hizo el informe: “un mundo en riesgo” en 2019. No obstante, el avance de la ciencia nos dejó escépticos a la posibilidad de repetir una pandemia. Pero aquí estamos, luego de que la familia, las organizaciones y los habitantes de la escuela y del planeta pagamos un alto costo con vidas humanas, salud, atraso, desempleo, empobrecimiento de muchos y enriquecimiento de pocos.

¿A qué volvemos a la escuela y con qué?

Generalmente, cuando una persona deja de frecuentar a otras o a un lugar, al regresar, además de llevar un recuerdo a sus seres queridos, tiene claro el sentido del retorno. Ese algo nuevo, en este caso, es la respuesta a la incógnita que pedagogas y pedagogos se espera hayamos construido desde el saber pedagógico, como lo tributó Eloísa Vasco al Campo Intelectual de la Educación Colombiana (Díaz, 1993). Un saber pedagógico que se ocupa de responder: ¿Qué enseñar? ¿Para qué? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? ¿Con qué? ¿Cómo? ¿A quién/ quiénes?, teniendo en cuenta las grietas que ha causado la pandemia y la necesidad de resanarlas. Esas grietas son: tecnológica, pedagógica y de salud mental (González, 2020, p. 20 ss).

Estas interrogaciones, fundantes de la pedagogía, son las alas, los ojos y la boca del Angel Novus de la escolarización. Esos ojos no puedan mirar hacia atrás la cultura pedagógica, devastada por las competencias, los estándares, los mal llamados Derechos Básicos de Aprendizaje, el currículo prescrito, las evaluaciones internas y externas a maestra/os y estudiantes. Históricamente los resultados de estas han sido usados para señalar y menospreciar a los estudiantes aduciendo que no saben matemáticas, ni leer, ni escribir. También juzgan a la escuela de atrasada y a las y los y los maestros de ineptos. Así la boca haya dejado de pronunciar el discurso instituido por el Movimiento Pedagógico, las innovaciones pedagógicas, la Expedición pedagógica Nacional y el autodidactismo; así las alas de la autonomía, de la intelectualidad y de sus derechos hayan sido ajadas por la fuerza del huracán neoliberal; el magisterio no es, no ha sido, ni será inferior a retos de tan insondable calado como la violencia, el desprestigio, la enfermedad y la muerte.   

El Angel Novus, en este maremagno, en el que lo grande surge de lo pequeño, no se detiene a despertar a los muertos ni a recomponer lo despedazado. La tempestad, es decir, la esperanza, hace que ese pasado presente mire hacia el presente futuro tornando el rostro diametralmente y empujando con sus alas. Son las alas, es decir, los estudiantes y educadores, como quedó consignado, la fuerza que nos impulsa a volver a la escuela y a seguir mirando hacia adelante. De ahí el valor de darle el lugar que merecen. En esta línea de ideas es claro que lo primordial para el docente no será, como sigue aconteciendo en muchos casos, el qué, para qué, cuándo, dónde, por qué y cómo sino a quién y a quiénes. Veníamos volando y la pandemia nos hizo aterrizar, acercarnos a la realidad socio familiar de los educandos y eso ha proveído a estudiantes y familias ver la grandeza de pedagogas y pedagogos, pese a la desconexión no nos han visto tan distantes ni tan pequeños. Porque cuanto más se eleva algo, mas pequeño le parece a quien contempla desplazamiento.

Veníamos volando elevado y la pandemia nos puso a volar bajo, acercarnos a la realidad socio familiar de los educandos y eso ha proveído a estudiantes y familias ver la grandeza de pedagoga/os, pese a la desconexión no nos han visto tan distantes ni tan pequeños, porque cuanto más se eleva algo, más pequeño le parece a quien contempla desplazamiento.

¿Qué significa volver a despegar? Significa acercarse a los estudiantes para saber qué les pasó en la pandemia y cómo afrontaron familiarmente lo acaecido. Ese acercamiento, pedagógicamente hablando, se hace a través de la dimensión psicológica y la sociocultural, que instituye parte del saber de las y los pedagogos, no es nada nuevo. No es tampoco una carga más. Hace parte del pasado presente, de la cultura y del discurso pedagógicos, de la formación rigurosa del docente. Son estas dos dimensiones las que nos otorgan un adecuado retorno a la escuela porque en la medida en que el docente conoce las condiciones psicológicas y socioculturales que han dinamizado la existencia del estudiante y de su familia, logra ocuparse de resolver las demás incógnitas fundantes de la pedagogía.

Según los datos tributados por el Instituto Colombiano de Neurociencias (El Espectador, 11 febrero 2021), el 46%, de los estudiantes presentaron en 2020 problemas de sueño, 36% manifestaron irritabilidad y contestaciones agresivas, y 31%, frustración frecuente. Además, han experimentado cambios de apetito, un 88% presenta signos relacionados con salud mental y comportamiento, 42% expresa desesperanza. Desde las cifras de violencia, también se encontró un panorama preocupante, pues la intrafamiliar aumentó en 36% y el reclutamiento forzado en mas del 113%.

Pero cuando en la institución escolar se insinúa la situación psicológica de los educandos, de inmediato se asume que eso es del resorte del orientador, del psicólogo, de la IPS, del psiquiatra o de la familia. Se olvida que todo educador debe conocer al estudiante integralmente y sobre ese conocimiento proyectar la enseñanza y fraguar el currículo. La intervención de estos profesionales está reservada para problemas que exijan su atención, pues no se deben ver como patológicas las relaciones pedagógicas y sociales. Ese pero es comprensible en el discurso y en la cultura pedagógica de los docentes contemporáneos, porque en los currículos de las universidades que forman licenciados esos conocimientos no cuentan, precisamente, por el enrarecimiento de la pedagogía, por la despedagogización de la escuela y por obedecer ciegamente al “capitalismo cognitivo” (Mejía J., 2020).

Pongámosle puntos suspensivos a esta reflexión incitando a educadores y estudiantes a alistar, inicialmente, el despegue. Es imprescindible que nos reconozcamos luego de la tempestad y en la media que las condiciones lo consientan elevamos y aligeramos el vuelo en los demás componentes del currículo. El oxigeno más adecuado es la apuesta por la libertad y por el amor y de eso podemos aprender mucho de las prácticas educativas las desarrolladas por los representantes de la Crítica autoritaria (Palacios, 1984). Solo se requiere vocación de estudio, decisión y esperanza para que padres y educadores, reconozcan que en el retorno a la escuela, una tempestad después, su tarea consiste en dejar desplegar la naturaleza de los hija/os educanda/os, “no en impedir su desarrollo” (Ferrer Guardia, 1976, p. 120) sino en viabilizar el ser miembros activa/os y responsables de una nueva sociedad “que se quiera más a sí misma”, igualitaria, basada en la libertad  y la justicia.

 

Bibliografía

Benjamin, W. (2008). Ensayos escogidos. (Coyoacán S.A, Ed.). México DF.

Díaz, M. (1993). El campo intelectual de la educación en Colombia. (Universidad del Valle, Ed.). Cali.

Díaz, M. y otros. (1999). Pedagogía, Discurso y Poder. (CORPRODIC, Ed.). Bogotá DC.

Ferrer Guardia, F. (1976). La escuela moderna. (Tusquets, Ed.). Barcelona.

González, J. & otros. (2020). Caja de Pandora: un telar que urde esperanzas. Bogotá Colombia.

Mejía J., M. R. (2020). Educacion (es), escuella(s)y pedagogía(a) en la cuarta revolución industrial desde nuestra América III. (Desde Abajo, Ed.). Bogotá DC.

Palacios, J. (1984). La cuestión Escolar. (E. Laia, Ed.). Barcelona.

Secretaría de Educación de Bogotá DC. (2021). Pandemia y escuela en Bogotá. Crónicas de maestras y maestros 2020. (Secretaría de Educación de Bogotá DC, Ed.). Bogotá DC.