Francisco Cajiao
Consultor educativo, columnista del diario El Tiempo. Ex secretario de Educación

El horizonte de la transformación pedagógica

Miradas a la educación

Punto de partida

Las últimas tres décadas han estado marcadas por cambios sociales muy profundos. La irrupción de las tecnologías de la información aunados a la creciente globalización de la economía y a los desarrollos y transformaciones de la industria han venido modificando las exigencias de formación intelectual, emocional y práctica requeridas para desempeñarse en los nuevos entornos laborales y culturales del mundo contemporáneo.

Esto, sin duda, constituye un gran desafío para un sistema educativo que, a pesar de los muchos avances que ha tenido en los últimos veinte años, todavía muestra grandes deficiencias en el resultado de los aprendizajes básicos de niños y jóvenes, pero que, sobre todo, no logra reducir las grandes brechas de inequidad que caracterizan la estructura social de nuestro país. Estas brechas se hacen más evidentes cuando se observa el bajo índice de ingreso a la educación superior de los jóvenes de colegios oficiales, las altas tasas de desempleo juvenil o la enorme proporción de empleo informal relacionado con bajos niveles educativos.

Desde los años noventa en Bogotá se han hecho importantes inversiones en infraestructura, al igual que cuantiosos aportes adicionales a las transferencias provenientes del sistema general de participación y se han destinado a la formación de los maestros y al desarrollo de planes y programas orientados a mejorar la calidad de la educación en los colegios oficiales. Sin embargo, los resultados en el aprendizaje y en la formación integral de los niños, niñas y jóvenes no parece progresar al ritmo que se necesitaría para asegurar que la educación sea una herramienta eficaz para reducir las enormes desigualdades que tiene la ciudad.

Es claro que el solo incremento de los recursos destinados a la educación no es suficiente para que se produzcan los cambios requeridos para garantizar plenamente el derecho a la educación. Es necesario hacer profundas transformaciones en los modelos pedagógicos, en la organización y gobierno de las instituciones educativas y en la gestión del sistema. Poco sirve tener educadores altamente calificados, con estudios de posgrado, si ellos deben luego trabajar en modelos en los cuales sus conocimientos no tienen oportunidad de convertirse en nuevas propuestas e innovaciones.

El país y la ciudad no pueden estar al margen de los desarrollos pedagógicos que ya se vienen haciendo con éxito en otros países. Los cambios que han venido teniendo las sociedades contemporáneas deben interpelar continuamente la forma como se educan las nuevas generaciones: sus expectativas, sus necesidades, sus oportunidades. Los niños y jóvenes de hoy disponen de nuevas herramientas para ir configurando su identidad. A través de los medios de comunicación, el internet y las redes sociales se enteran en tiempo real de lo que ocurre en el mundo y de las posibilidades que tienen para desarrollar sus talentos, sus intereses y sus oportunidades. Ya no son pasivos receptores de lecciones curriculares preestablecidas y estandarizadas para toda la población, sin importar dónde vivan o qué les interesa.

Estas consideraciones condujeron a que la Misión de Educadores y Sabiduría Ciudadana definiera la transformación pedagógica como uno de los ejes centrales de sus deliberaciones.

¿Qué es transformación pedagógica?

El concepto de “Transformación pedagógica” reviste una gran complejidad, pues la pedagogía tiene que ver tanto con conceptos, prácticas, normas, tradiciones, hábitos y saberes profundamente anclados en la cultura, como con imaginarios sociales, corrientes de pensamiento, avances científicos y posiciones políticas. De otra parte, tal como se hizo explícito en las deliberaciones de la Misión, la adjetivación de la palabra y su uso generalizado para denominar muy diferentes tipos de actividades de información o acción ciudadana hacen más complicado delimitar el marco de la discusión.

La reflexión sobre la educación no se constriñe exclusivamente a lo que hacen las instituciones escolares; considera, además, la ciudad y sus entornos rurales, en las dinámicas sociales y culturales. La educación es entendida como un proceso continuo de transformación individual y social, de intercambios culturales mediados por las familias y la comunidad en la que los sujetos crecen, por los medios de comunicación, los proyectos educativos municipales y las organizaciones civiles. La escuela es apenas una parte de este organismo vivo que es la sociedad, pero sin duda fundamental e imprescindible en el crecimiento intelectual y emocional de las personas. Los aprendizajes no se producen exclusivamente en la escuela formal, pues en tiempos y espacios diferentes circulan saberes y experiencias vitales que hacen parte del proceso de formación de los individuos desde la primera infancia.

Se trata de conectar, articular, compartir, poner en diálogo las experiencias formativas de fuera de la escuela y de la escuela, que lo que se promueva como aprendizajes se conecte con la experiencia vital cotidiana de los estudiantes y que esta experiencia se reconstruya a partir de la experiencia escolar.

En consecuencia, se tiene que considerar la articulación entre los espacios urbanos y rurales, cada uno con sus singularidades, con las instituciones educativas como escenarios para el foro sobre la formación y en lo que es necesario formar y, sobre todo, para el desarrollo del pensamiento crítico, propositivo y creativo; es decir, espacios que propicien la comprensión y la capacidad analítica y argumentativa en torno a los problemas que atañen a las ciencias, las tecnologías, las tradiciones, las artes y las dinámicas sociales.

Por eso en el curso del trabajo la discusión se fue restringiendo al espacio específico de la institución escolar, que ha sido el escenario natural de la pedagogía, sin desconocer que las prácticas pedagógicas orientadas a la formación integral de los niños y jóvenes no pueden concebirse aisladas de los ambientes de donde provienen, de las formas de organización y gestión del sistema educativo, de la financiación o de la formación y desarrollo profesional de los educadores.

Los cambios deben ocurrir en los colegios

Un asunto central de las discusiones fue entender que si los cambios no se dan en los colegios no se dan en ninguna parte y esto requiere un mayor nivel de autonomía en las instituciones escolares.

Es indispensable entender que un proceso de formación integral, que contemple altos estándares en los procesos de aprendizaje formal requeridos para poder competir en una sociedad basada en el conocimiento, el desarrollo de habilidades socioemocionales para convivir y trabajar con otros, el desarrollo de lenguajes que permitan comprender y expresar la experiencia vital no solamente desde el la lengua materna, sino desde las múltiples formas del arte, requiere unas instituciones con una fuerte identidad y equipos de profesionales altamente calificados.

Es necesario reinventar los colegios, para que cumplan de manera satisfactoria su compromiso de formar a las nuevas generaciones, asumiendo plenamente la responsabilidad que la sociedad les encomienda, especialmente cuando se trata de las poblaciones que requieren más apoyo para salir adelante. Eso significa que se debe ir en la dirección de instituciones con mayor autonomía, tanto en su concepción académica y organizativa, como en sus decisiones administrativas. La ciudad debe mostrar la ruta y estimular gradualmente a los equipos y comunidades que muestren mayor capacidad para asumir los retos que la autonomía escolar plantea y que deben reflejarse en los resultados de aprendizaje y formación integral de los estudiantes.

Ese proceso permitirá que sean los equipos de maestros, orientados por directivos con formación pedagógica sólida, quienes definan los asuntos centrales de su institución: currículo general (que implica todas las actividades formativas), plan de estudios, interacción con espacios formativos extraescolares, articulación con actividades de apoyo de la comunidad, jornada escolar, modelo pedagógico, sistema de evaluación —incluyendo sus metas e indicadores— y proyectos de innovación. Para estos colegios los niveles local y central deben operar como apoyos a partir de las demandas de las instituciones.

Muchas de las iniciativas que se han desarrollado en los últimos diez o quince años, orientadas con buena intención a ofrecer oportunidades a los estudiantes no han contribuido a fortalecer la identidad y articulación de los colegios, sino que los ha dispersado y desarticulado a partir de planes y programas que surgen desde el nivel central, pero no son asumidos como parte de una planeación coherente y responsable hecha en las instituciones por los equipos docentes.

Lo importante de esta reflexión es comprender que si los cambios no se hacen en las instituciones es muy poco probable que surjan transformaciones significativas. El modelo actual opera al contrario y, hasta ahora, no ha mostrado ser eficaz: los cambios y transformaciones se proponen desde el nivel central y luego pasa un largo tiempo mientras se promueve su difusión y puesta en marcha. En el proceso deben superarse resistencias y dificultades que surgen de la enorme diversidad entre colegios y comunidades. De otra parte, los cambios de administración suelen romper los procesos iniciados para impulsar otras iniciativas. Los cambios en los procesos pedagógicos requieren tiempos de maduración que exceden los tiempos de las administraciones de la ciudad, por lo que resulta más seguro que esos procesos tengan su eje central en los colegios donde pueden ser apropiados a lo largo de períodos más extensos.

Un asunto muy importante en esta visión de futuro es, desde luego, la consolidación de los maestros como profesionales, lo cual no se relaciona principalmente con los niveles salariales ya definidos en la carrera docente, sino con la necesidad de asociación para efectos académicos, investigativos y de representación social. Este es un nivel de organización que trasciende lo laboral y se dirige al rol fundamental que la profesión tiene y debe tener en la sociedad, a sus exigencias éticas, a la autonomía en los procesos de formación y a la inclusión de todos aquellos que ejercen la profesión en diferentes modalidades y niveles, tanto oficiales como privados.

Tal ves pueda decirse, a manera de síntesis, que el ejercicio de la docencia para ser eficaz no es un acto individual de personas virtuosas, sino el trabajo articulado de un equipo de profesionales capaces de organizarse e interactuar con el fin central de asegurar el progreso efectivo de la totalidad de los niños, niñas y jóvenes confiados a su cuidado y a su responsabilidad.

Una visión de futuro nos mostraría una ciudad que en veinte años logró tener colegios públicos de excelencia, diseñados y gestionados por equipos de maestros comprometidos con la misión de ser garantes del derecho a la educación de las nuevas generaciones, con la preparación profesional necesaria para tomar decisiones que permitan avanzar e innovar para cerrar las grandes brechas sociales y con un horizonte ético que ayude a dignificar la profesión frente a las muy complejas exigencias de una sociedad sometida a grandes presiones y cambios.

Muy buenos colegios con altos niveles de autonomía pueden superar la dificultad de malas administraciones, pero excelentes administraciones con malos colegios difícilmente pueden ofrecer buenos resultados para los estudiantes cuya vida dependerá de esos años de educación básica.