Javier Cajiao Nieto
Rector Colegio Unidad Pedagógica

El desarrollo de habilidades socioemocionales, en entredicho por la pandemia

Miradas a la educación

Hablar del desarrollo de habilidades socioemocionales en la escuela es hoy tan natural como pensar en el desarrollo de la lectura, la escritura o los procesos motores en los niños. Más aún, ninguna de esas habilidades se podrá desarrollar adecuadamente sin un andamiaje emocional que les permita a los niños y niñas tener la suficiente confianza y seguridad en sí mismos para la exploración del mundo y de su entorno.

En la primera infancia la escuela debe constituir, antes que nada, ese lugar de seguridad físico y emocional que reemplaza el nicho materno. Debe ser un lugar de acogida, un lugar donde los niños y niñas se sientan bienvenidos, acompañados desde que llegan en la mañana, hasta el ritual de despedida en la tarde. La escuela en esos primeros años debe constituir ante todo un lugar de encuentro a partir del juego y la exploración. Si bien todos los estudios sobre los procesos de desarrollo en los niños reafirman el juego libre como la base fundamental para la construcción de los siguientes procesos de aprendizaje, aún insistimos en organizarles un sinfín de actividades programadas, a veces con un excesivo corte académico, pensando que demasiado tiempo de juego libre constituye una pérdida de tiempo. Nada más equivocado. Son justamente los espacios de juego libre en que los niños y niñas generan sus más grandes reflexiones, son los momentos en los que la curiosidad y la creatividad se ponen en juego, y donde los pequeños descubrimientos dan pie para profundizar más adelante, de la mano de sus maestros y maestras, en nuevos conocimientos un poco más formales. Pero no solo eso, es en el juego libre donde los niños y niñas ponen a prueba sus más profundos desafíos socioemocionales, pues es el espacio en que realmente comienzan a formarse como ciudadanos.

Es a partir del encuentro con sus pares  que los más pequeños empiezan a descubrir que hay un otro distinto de sí, que piensa distinto, que habla distinto, que se mueve distinto, que en esencia es distinto. El encuentro con la otredad implica la necesidad de construir acuerdos, de establecer reglas, de asumir que no siempre podemos hacer lo que queremos y que ello nos generará no pocas frustraciones. Y aún más allá del encuentro con el otro, con ese otro distinto, irremediablemente surgirá el conflicto; de ahí que la escuela se convierte también en ese primer lugar donde tenemos que aprender a dirimir las diferencias con los otros, ojalá siempre a través del diálogo, la empatía y la compasión.

A medida que los niños y niñas se hacen mayores, la escuela se afianza como ese territorio distinto de la casa, donde justamente se genera una marcada separación entre el espacio familiar y el personal. Los espacios del colegio comienzan a ser habitados por los niños de una manera distinta, comienza a darse una apropiación del territorio físico a partir de las vivencias y experiencias cotidianas. Del tipo de relaciones que establezcan en ese momento los niños con los otros y del vínculo que generen con el espacio físico dependerá en buena medida la consolidación de habilidades socioemocionales. Es importante destacar que estos dos factores no están aislados, pues la calidad y tranquilidad en las relaciones personales están mediadas por la seguridad que transmitan los espacios físicos, de ahí que la posibilidad de que los niños se encuentren en espacios abiertos, iluminados y acogedores favorecerá sus dinámicas y el afianzamiento de lazos. No son pocos los niños que desde muy pequeños asocian sus inseguridades y temores con espacios fríos y distantes en el entorno escolar. Es entonces cuando los adultos acompañantes cumplen un rol tan importante para los niños y niñas, pues son ellos quienes se convierten en esos referentes emocionales que les permiten sentirse seguros y mantener la confianza en su entorno. Muchos niños llegan a las aulas atravesando situaciones muy complejas a nivel familiar, por lo que es invaluable la posibilidad de encontrar alguien que los acoja, que los escuche, que les ayude a reconocer y validar sus emociones. Que los reconforte con un abrazo.

En el desarrollo socioemocional la corporalidad juega un papel fundamental. No podemos olvidar que la estantería de nuestras emociones subyace a nuestra expresión física. Que los niños y niñas tengan la posibilidad de correr, de saltar, de trepar árboles, de hacer deporte o de bailar, será determinante en su desarrollo afectivo y cognitivo. El conocimiento – y reconocimiento -  del propio cuerpo, desde muy pequeños, les permitirá establecer más fácilmente relaciones armónicas con sus pares, basadas en el respeto hacia sí mismos y hacia los demás. Reconocer que mis gustos son diferentes a los de los demás, que mis formas de expresión son únicas y que la manera como mis intereses se reflejan en mi personalidad, constituyen las bases para educar en el respeto hacia la diferencia y la diversidad.

La adolescencia marca ese momento de ruptura frente a muchas de las certezas sobre las cuales los niños habían venido construyendo su identidad. Constituye ese periodo de tránsito y transformación que implica el cuestionamiento de muchas bases, generando no pocas veces una sensación de crisis personal. La escuela pasa a ser ese lugar donde los adolescentes tienen más que nunca la posibilidad de encontrarse con ellos mismos. La escuela debe transformarse entonces en un espacio creativo, un espacio estimulante, en el que la motivación no parta del tema que el maestro de turno se vea obligado a dictar, sino de lo que un ambiente provocador pueda generar en los y las jóvenes. Un ambiente que les permita proponer, crear, transformar, disentir. Un ambiente que los obligue a asumir retos, a descubrir problemas y plantear soluciones. Un entorno que les permita ante todo expresarse, ojalá, a través de una multiplicidad de lenguajes, desde la literatura, los debates, la música, el deporte, la ciencia o las artes. Son estas las mejores vías para canalizar ese enredo de emociones típicas de la adolescencia y que muy pocas veces  son fácilmente verbalizables. Y de paso constituyen un espacio inmejorable para que los jóvenes vayan descubriendo sus talentos y pasiones.

El aprendizaje – y la enseñanza – es un proceso esencialmente emocional, y lo que hemos visto hasta ahora, con un alto nivel de certeza, es que los medios digitales no son propiamente los mejores puentes para ese flujo emocional. Cualquier intento es válido para mantener el vínculo de los niños con su entorno escolar, sin embargo, es hora de ir un poco más allá, asumiendo con verdadera responsabilidad la esencia del rol docente como vocación y desde el sentido social.

Si queremos apostarle a la formación de jóvenes con un alto sentido crítico, que a partir de sus aportes sientan que desde su lugar en la sociedad pueden transformar su entorno, es importante que desde el colegio tengan la posibilidad de manifestarse, de tomar posición e incluso de aportar en la toma de decisiones colectivas. El sentirse útiles consolidará en los y las jóvenes el sentido de confianza en sí mismos y fortalecerá su independencia y autonomía.

Creo que nada de lo mencionado hasta ahora sea una gran revelación en términos pedagógicos, y si bien corresponde al modelo pedagógico que planteamos y buscamos poner en práctica en el Colegio Unidad Pedagógica, no creo que diste mucho de las propuestas o principios de muchos otros colegios en Bogotá. Acá la pregunta de fondo es ¿Cuándo fue que nos olvidamos de estos principios esenciales en el desarrollo socioemocional de los niños, niñas y adolescentes?

Estamos cercanos a cumplir casi un año y medio desde que el dichoso Coronavirus nos obligó a guardarnos, a tomar medidas hasta ahora desconocidas para todos, a reinventarnos desde nuestros trabajos, nuestras familias y nuestras relaciones sociales. Casi un año y medio en el que la economía se ha venido a pique, y con ella otros indicadores sociales como el desempleo, la pobreza y la violencia social. De una u otra manera, el “mundo adulto” ha venido retomando sus ritmos y dinámicas. Sin embargo, veo con gran preocupación que la población escolar sigue siendo la gran damnificada. Son aún millones los niños y niñas que no han podido regresar a las aulas desde marzo de 2020, muchos de ellos abandonando sus procesos escolares. ¿Creemos aún que la educación está basada en la acumulación de contenidos sin sentido para los niños? ¿Realmente nos convencimos que enviar guías de trabajo por correo electrónico, fotocopias o redes sociales puede mínimamente llegar a suplir las necesidades afectivas de nuestros estudiantes? En el mejor de los casos, con la gran minoría de chicos que tienen la posibilidad de conectarse remotamente con sus maestros y compañeros, ¿seguimos creyendo ingenuamente que estamos generando los espacios adecuados para su desarrollo socioemocional?

El aprendizaje – y la enseñanza – es un proceso esencialmente emocional, y lo que hemos visto hasta ahora, con un alto nivel de certeza, es que los medios digitales no son propiamente los mejores puentes para ese flujo emocional. Cualquier intento es válido para mantener el vínculo de los niños con su entorno escolar, sin embargo, es hora de ir un poco más allá, asumiendo con verdadera responsabilidad la esencia del rol docente como vocación y desde el sentido social. A lo largo y ancho del país el personal médico no ha claudicado en su deber de salvar vidas, aun teniendo que enfrentar condiciones supremamente precarias. Muchos maestros, lo digo con tristeza, han preferido voltear su mirada hacia otros lugares, desconociendo que el trabajo presencial que se realiza con los niños, niñas y jóvenes nunca será siquiera comparable con la mejor de las opciones ofrecidas desde la distancia de la virtualidad. Está dicho hasta el cansancio, pero no sobra repetirlo: las secuelas socioemocionales de la desescolarización de nuestros niños seguramente tendrá un costo muy alto para nuestra sociedad.