José Cabrera Paz
Psicólogo, Universidad Nacional. Doctorando, Universidad Nacional de la Plata. Argentina. Docente Investigador, Consultor. Catedrático Universidad Distrital. Email: neuroexplora@gmail.com .

Cuando descubrimos que la educación con tecnologías era más que tecnologías

Miradas a la educación
“El futuro ya está aquí, simplemente no está bien distribuido”. William Gibson (The Economist, December 4, 2003)

El futuro es la imagen de nuestros deseos. Y nuestros deseos ya están en el ahora, pero no en el aquí de todas las geografías, ni para todos, incluso ni en el mismo sentido. Tan solo tres décadas atrás imaginábamos que el futuro sería como un shock y los futurólogos y las narrativas audiovisuales nos auguraban con frecuencia más consumo, más tecnología, más vida, más recursos para todos: el planeta entero parecía por aquel entonces una despensa infinita.

Sin embargo, a la vuelta de pocas décadas, con y sin pandemia, este futuro ha arribado de formas muy distintas y desiguales, al punto en que ya nos cuesta mucho, colectivamente, ponernos de acuerdo cual futuro deseamos ahora, o en cual queremos estar. El futuro se ha convertido en una tarea tan compleja como llena de disputas. Incluso el futuro inminente de una crisis del ecosistema planetario, apoyada en evidencia científica, suscita enormes controversias (Kolbert, 2015; Mann, 2021).

Con todo, nunca antes como ahora, ni en la diversidad, impacto y posibilidades habíamos tenido tantas innovaciones corriendo en simultáneo. El planeta del antropoceno (Kolbert 2015, 2021) bulle de innovaciones y la pandemia las ha exacerbado.  La primera de una variada lista de vacunas para la más grande pandemia del mundo moderno tardó tan solo 10 meses en ser desarrollada, algo completamente sorprendente en la historia. La investigación en biotecnología, nanotecnología, ciencias cognitivas e informáticas convergen como grandes plataformas de innovación de diverso tipo en la cuarta revolución industrial (Roco, et al, 2013; Schuwab y Nadella, 2017). Y superando un estancamiento de décadas en el curso de pocos años emerge la más poderosa innovación de todas las de la especie, la inteligencia artificial de última generación. Una caja de pandora que suscita esperanzas temores y desafíos insospechados.

El mundo prepandémico

El término VUCA, acrónimo en inglés, se acuñó en los 90 para caracterizar un entorno como el actual, atravesado por ambigüedad, volatilidad, incertidumbre y complejidad (Bennett y Lemoine, 2014.). El mundo pandémico y post pandémico es y será así, un típico mundo VUCA. Un mundo como el de las TIC en educación, atravesado por buenas intenciones donde no terminábamos de comprender para qué y cómo podíamos traerlas a las prácticas pedagógicas.

En el mundo prepandémico la educación colombiana tuvo al menos dos décadas en donde se hizo un aumento de cobertura, se organizó el sistema educativo con políticas públicas y se mejoró la inversión, en particular en primaria y secundaria (OCDE, 2016). Sin embargo, las mejoras no corrieron a la par con los aumentos de la calidad. En las pruebas internacionales de Educación Pisa, Colombia ha participado en 5 ocasiones, en 2006 la primera y en 2018 la quinta. Los resultados obtenidos en las diferentes versiones ubicaron al país en los últimos lugares, con pequeñas mejorías en algunas aplicaciones y con desmejora en otras, incluyendo la del 2018 en donde también se estuvo por debajo de la media de los países participantes (OECD, 2019). Dos décadas con precarios avances.

Pese a la promoción de programas de formación docente en TIC, generalmente gubernamentales, en el mundo prepandémico su impacto en la calidad de la Educación fue poco relevante, incluso para la versión PISA 2015 los análisis indicaron que cuando los estudiantes usaban en el colegio el computador más de una hora su rendimiento en la prueba bajaba (ICFES, 2017). En tiempos prepandemia que se tuviese internet, equipamiento y formación docente en las instituciones no estaba significando un progreso significativo en la calidad.

Por otra parte, los datos de 2020 mostraron la dramática radiografía de la desigualdad del país rural-urbano en término de acceso y conectividad. En plena ola de cuarentenas apenas mejoraron los puntos de internet fijo y desmejoraron las cifras del internet móvil. (MinTic, 2020) y el mapa de la desigualdad de la conectividad mostró una alta concentración en 4 departamentos y en pocas ciudades capitales. (Revelo, 2020)

El legado con el que llegamos a la Pandemia

Colombia, reconocido en el top de los países desiguales del mundo, y el más desigual de América Latina (Staff, 2020) tuvo un comportamiento acorde con su situación. El país durante la pandemia, antes o después de las vacunas, ha sido identificado en múltiples reportes ya como uno de los peores lugares para estar en esta crisis, o uno de los más ineficientes en su manejo (Meneses, 2021). En un escenario así, en una sociedad atravesada por la desigualdad y la crisis de gestión, millones de estudiantes, sus maestros y familias comenzaron la larga y compleja fase de apropiación masiva de tecnologías digitales.

Y en ello ha habido de todo. Muchas iniciativas se centraron en el objeto, asumieron que la clave estaba en que tecnología teníamos o cuanta conectividad nos faltaba. Otros se enfocaron en los contenidos, preocupándose si por si había o no suficientes programas y contenidos virtualizados. En voces de profesores universitarios se escuchó que la tranquilidad estaba en ofrecer la misma calidad de los contenidos tanto en la virtualidad como en la presencialidad.. De la mano del marketing tecnológico hubo mucho interés por la imagen estética y poco por la pedagogía. El problema entonces se redujo a reiterar lo que ya teníamos en el mundo prepandémico: muchas soluciones para el soporte tecnológico, pocas preguntas sobre el aprendizaje y la pedagogía.

Algunos han imaginado que las lecciones remotas sincrónicas son la virtualidad, sin pensar siquiera que probablemente es la versión más costosa e inadecuada de cualquier pedagogía digital. La crisis de la conectividad y el acceso dejó masivamente a niños y jóvenes por fuera del sistema, desde el comienzo de la crisis. No sabemos cuántos están frustrados y desesperanzados por su experiencia. Para muchos ha significado una ampliación profunda de brechas de aprendizaje, y desarrollo humano que tardaremos en comprender y abordar.

¿A qué vamos a la Escuela? Y más aún, ¿a qué vamos a una Escuela mediada con tecnologías digitales? Tan solo una pista para esta pregunta siempre abierta: David Brooks, (2011) reflexionando sobre la vida escolar, uno de los más intrincados espacios relacionales, escribía que la complejidad implicada en el exigente aprendizaje de la interacción humana agotaría por completo a los estudiantes, sino es porque durante esta intensa actividad social “las autoridades escolares también programan períodos de inactividad, llamados clases, durante los cuales los estudiantes pueden descansar y tomar un respiro de las presiones de la categorización social”.

La escuela contemporánea debería ser la realización de nuestros más añorados deseos. No es solo un espacio del conocimiento, o un programa para el desarrollo de habilidades ni de currículos y contenidos, es el territorio del desarrollo humano en las múltiples dimensiones que necesitamos para tener mejor distribuidos los futuros que ya están arribando en el presente.

Lecciones aprendidas, descubrimientos en curso

Buena parte de las lecciones de esta pandemia tiene que ver con el reconocimiento de dos mundos, el presencial y el virtual, el de sus continuidades, diferencias e intersecciones. Nunca sabremos como hubiese sido de otra manera, pero esta crisis trajo las tecnologías digitales como ningún otro programa ni esfuerzo social habría podido hacerlo. En una situación aún sin valorar en profundidad, bien podemos señalar un inventario provisional de aprendizajes y descubrimientos:

  1. Educadores y comunidades descubrieron, muchos por vez primera, con sentido de urgencia y necesidad el valor y el alcance de las tecnologías digitales. Algunos encontraron que la virtualidad de la educación tenía escenarios y potencias inexploradas y ricas en posibilidades creativas para sus prácticas pedagógicas.
  2. Por contraste y acompañando el reconocimiento de lo virtual, también hemos empezado a redescubrir el enorme valor de la presencialidad en la escuela. Las ciencias cognitivas, las perspectivas evolutivas y la neurociencia han enfatizado en la importancia del vínculo social para el crecimiento y el desarrollo equilibrado (King, 2021). Sentir con intensidad, en pleno confinamiento y distanciamiento social, cuánto dependemos del contacto humano ha sido un redescubrimiento poderoso.
  3. Estos dos mundos, tantas veces en conflicto y tensión en la Escuela, constituyen el nuevo escenario de la educación. Muchas cosas, por ahora demasiadas, son irremplazables por lo virtual. Ninguna tecnología del contacto (Cabrera, 2009) con carita feliz de un icono virtual sustituye el efecto cognitivo de una sonrisa y un abrazo. Ningún viaje virtual inmersivo y de realidad aumentada reemplaza la experiencia multisensorial y emocional de explorar un bosque tropical. La experimentación multisensorial directa del mundo social es irremplazable en su valor en el desarrollo humano (Paul, 2021).
  4. En cualquier caso, hay lecciones aprendidas de cómo lo virtual nos puede crear oportunidades de todo orden: para representar, organizar, y procesar distintos tipos de contenidos, comunicaciones, información e interacciones. Sin mencionar como las rupturas del espacio, de la temporalidad y los formatos de interacción y se pueden alterar positivamente para empoderar al estudiante y cultivar diferentes dimensiones de su crecimiento.
  5. También ha sido afortunado el redescubrimiento del valor de los padres, cuidadores y contextos de los estudiantes. Poder reconocer que los niños y jóvenes tienen un contexto de aprendizaje tan diverso, y en muchos casos precario y difícil, ha dado un polo a tierra sobre el valor y necesidad de contar con ello como un factor fundamental en las prácticas pedagógicas. 

Esta crisis ha sido un enorme laboratorio global de incontables descubrimientos, frustraciones y aprendizajes. Muchos, en un extremo del espectro, llegaron al mundo virtual con el único modelo que tenían en mente: la de su experiencia en la escuela tradicional. Ello implicó replicar a través de las pantallas su propio escenario: uniformes, llamados de lista y con frecuencia inundación de “guías pedagógicas” para la vida en crisis de sus estudiantes. Otros, en el extremo opuesto, con reflexión y serendipia terminaron por explorar prácticas pedagógicas ricas y empáticas, claves en un mundo de pantallas donde la empatía suele ser lo primero que se pierde.

El retorno a la presencialidad con lógicas de la educación híbrida, o formatos combinados con lo mejor de los dos mundos, ha empezado a generar expectativas y tensiones en todos los actores. Muchos empezaron a sentirse cómodos con la virtualidad, aún con todas sus incertidumbres y dificultades. Sin duda no imaginamos generalizar la virtualidad en la escuela, de hecho, alrededor del mundo prepandémico las lecciones aprendidas de lo completamente virtual nos mostraron complejas problemáticas de calidad educativa.

Han emergido nuevos mitos y supuestos. Algunos han imaginado que las lecciones remotas sincrónicas son la virtualidad, sin pensar siquiera que probablemente es la versión más costosa e inadecuada de cualquier pedagogía digital. La crisis de la conectividad y el acceso dejó masivamente a niños y jóvenes por fuera del sistema, desde el comienzo de la crisis. No sabemos cuántos están frustrados y desesperanzados por su experiencia. Para muchos ha significado una ampliación profunda de brechas de aprendizaje, y desarrollo humano que tardaremos en comprender y abordar.

Usar una tecnología, y “pedagógicamente” es un comportamiento complejo, requiere mucho más que formación y no depende solo de tener conocimientos disponibles y empaquetados en forma de competencias digitales. Es una experiencia social, de comunidad, oportunidad, sensibilidad y emociones. Esta crisis nos ha tomado descolocados en la mayoría de todas estas dimensiones.

Una cultura de innovación será probablemente la dimensión más abarcadora y la más necesaria en el escenario de innovación digital, la cual nos permitirá abrirle un espacio más viable a algunos de los prototipos de futuros híbridos que rondan por allí y que necesitamos para nuestro sistema educativo, con y sin tecnologías, durante y en la postpandemia. En las puertas de la cuarta revolución industrial, del block chain, el aprendizaje automático, la edición genética y la inteligencia artificial, sería imperdonable que el mundo de la “nueva normalidad” se llene de viejas normalidades.

 

Bennett,N., Lemoine, G.J. 2014. What VUCA Really Means for You. Harvard Business Review, Enero-febrero.  Edit. Harvard University Press.

Brooks,D. 2011. The Social Animal: The Hidden Sources of Love, Character, and Achievement. Ed. Random House.

Cabrera, J. 2009. Tecnologías del contacto. En M. A Días, R. Winocur, E. Nivon, M. A Portal. Pensar lo contemporáneo. Ed. Anthropos.

ICFES. 2017. Colombia en Pisa 2015. Recuperado de https://www.icfes.gov.co/documents/20143/237304/Informe%20nacional%20pisa-2015.pdf

King, M. 2021. Social Chemistry: Decoding the Patterns of Human Connection por Marissa King. Ed. Penguin Group.

Kolbert, E. 2015. The Sixth Extinction: An Unnatural History. Ed. Picador.

Kolbert, E. 2021. Under a White Sky: The Nature of the Future. Ed. Crown.

Mann, M. E. 2021. The New Climate War: The Fight to Take Back Our Planet. Ed. Public Affairs