Abel y su visión de la institución educativa
Nos hacen falta personas como Abel, para volver productiva la discusión en el sector entre posiciones diferentes, incluso opuestas, para que la conversación se convierta en un instrumento poderoso en el mejoramiento de la educación.
La invitación a escribir sobre Abel Rodríguez es para mi la oportunidad de honrar una amistad que mantuvimos durante dos décadas, privilegiando los aspectos en los que coincidíamos, y respetando las diferencias de las que éramos conscientes. Muchos de los que nos rodeaban no podían entender como podíamos mantener largas conversaciones, y trabajar juntos. Y obviamente esto se debía a la gran generosidad y amplitud de mente de Abel qué, con el fin de resolver problemas, superaba sesgos ideológicos y encontraba puntos comunes. ¡Creo que también ayudaba su buen humor!
Dos aspectos en los cuales coincidimos y trabajamos juntos fueron : la importancia de la institución educativa y la necesidad del diálogo pedagógico de los maestros. En 1999 Abel realizó una propuesta de organización de las instituciones educativas del Distrito, y así mismo, con su fundación Tercer Milenio, participó en el programa de acompañamiento de instituciones que habían resultado de bajo logro en las pruebas censales del año 98. Ambas actividades estaban orientadas a fortalecer el papel de las instituciones en el mejoramiento de la calidad educativa de la capital.
El interés de Abel en la transformación y fortalecimiento de la institución en el proceso educativo pudo surgir de la impresión que le causó el contraste que encontró entre su primera experiencia como maestro en la escuela La Arcadia, en el Huila, y la que encontró en Bogotá en el barrio San Pablo cuando en 1966 logró su nombramiento como maestro del Distrito. Esta experiencia la describió en el discurso con el que recibió el honoris causa de la Universidad Pedagógica. La institución del Huila en sus palabras: “era una escuela encantadora, de instalaciones amplias, esparcidas en una superficie inclinada de por lo menos una hectárea, sin contar los terrenos de la finca escolar. Impartía enseñanza primaria completa. Ofrecía adicionalmente, como componentes integrales del modelo escolar, servicios de alfabetización de adultos, asistencia técnica agropecuaria, carpintería, salud y mejoramiento de hogar. Se llamaba núcleo porque constaba de una escuela central y varias satélites, ubicadas en las veredas aledañas a la que albergaba la escuela central”. Por contraste “la escuela San Pablo era un remedo de escuela. Estaba ubicada en un barrio de igual nombre, localizado al sur de Bogotá, en una pequeña explanada que se forma en la parte alta de los cerros que sirven de asiento a los barrios de Las Colinas, El Pesebre y Las Lomas. Constaba de cuatro aulas, dos de las cuales funcionaban en el salón comunal del barrio, una especie de bodega en obra negra cubierta con tejas de eternit y en piso de tierra. En esas “aulas” estudiaban alrededor de 120 niños y niñas, divididos en cuatro grupos, dos en cada jornada. El patio era un pedazo de terreno sin pavimentar. Los únicos recursos de enseñanza disponibles eran un tablero colgado de la pared y unas cuantas tizas blancas suplidas por los mismos maestros. Los niños y niñas eran pobres en extremo, provenían de familias numerosas, sin empleo y sin nada. Las casas eran pequeñas, casi todas en obra negra, construidas por las mismas familias, en lotes invadidos o adquiridos a urbanizadores piratas… si bien les ofrecía a los maestros las condiciones ideales para cursar estudios profesionales, recortaba sensiblemente el tiempo escolar de los niños y niñas…”
Allí le surgieron dudas sobre la posibilidad de que la educación pudiera transformar las condiciones de pobreza de estos niños, lo que impulso posteriormente sus luchas políticas. Pero en los últimos años que revaluó estas concepciones, ya que “ la Expedición Pedagógica me ha ofrecido la ocasión de volver sobre aquella experiencia con una mirada más pedagógica. ….que la escuela y desde la pedagogía, es posible inventar otras formas de vida y otras formas de país”. Así como lo primero nos separaba, lo último nos unía puesto que soy una convencida del poder transformador de la educación, y especialmente de la capacidad de las instituciones educativas para cambiar vidas.
La Constitución del 91, en la que Abel participó como constituyente, y la Ley 115 que la reglamentó partieron de la importancia de la institución educativa y su autonomía para el mejoramiento de la educación en el país, y las definieron como mandato. Sin embargo, como lo diagnosticaba Abel, el problema no es la enunciación sino su realización. Y su realización implica cambios tanto en la práctica pedagógica como la forma de administrar la institución. La importancia del proyecto educativo institucional, el establecimiento de los órganos de dirección y participación que son elementos que aun hoy más de 20 años después no se ven en las instituciones. Adicionalmente se mantiene una dependencia administrativa muy determinante entre las secretarías de educación, y las instituciones, que mina la autonomía y determinación de estas últimas.
Creo que por esto Abel aceptó mi invitación para realizar un análisis sobre la situación de las instituciones educativas del Distrito y proponer su organización. Lo realizó con la Corporación Tercer Milenio y entregaron el estudio en mayo 1999. De acuerdo con su diagnóstico predominaban en la ciudad y en el país en general, sobre todo en el sector oficial, una educación primaria ofrecida por unas instituciones llamadas escuelas, una educación comúnmente llamada bachillerato prestada por unas instituciones denominadas colegios, y de las 1.216 instituciones de educación preuniversitaria existentes en la ciudad, 736 (60%) se denominaban escuelas y 296 (24%) colegios. Su propuesta consistía en organizarlas tal forma, que llegáramos a 327 nuevas instituciones con el ciclo completo de educación básica distribuidas de la siguiente manera: 164 Colegios de educación general (básica y media), 144 Colegios de educación básica, y 17 Colegios de educación media, los dos restantes corresponden a instituciones de educación especial. En esa época apenas el 17% de las instituciones ofrecían la educación básica completa, y en la propuesta del proyecto estas pasarían a ser el 95%. De la misma manera, mientras solamente el 4.6% de las instituciones ofrecían del grado 0 al 11, con el proyecto esta cifra pasaría a ser el 50%. La propuesta implicaba que las instituciones aumentaran en promedio su tamaño, el 30% con más de 2.000 alumnos, el 30% entre 1.000 y 2.000, el 21% entre 500 y mil, y el resto con menos de 500. Esto permitía adicionalmente concentrar recursos docentes y físicos, y generar una planta administrativa a los colegios, cuya descripción se incluía en el estudio.
La propuesta, que modificamos en cuanto al número de estudiantes, fue muy útil para la reorganización que se dio en el período de gobierno. Considerábamos que, para garantizar la cercanía de los estudiantes a los colegios, era mejor mantener colegios entre 1.000 y 1.500 estudiantes. De hecho, esta organización subsiste, en la actualidad existen en el Distrito 366 instituciones educativas en el sector público.
Con la misma Corporación, Abel participó en el proyecto de mejoramiento de escuelas. Era un proyecto que buscó el acompañamiento pedagógico durante 1 año de las 100 instituciones que habían obtenido los peores resultados en la aplicación de la evaluación de competencias que se realizó en 1998. Se abrió una convocatoria para entidades con experiencia pedagógica, y se escogieron 10 con base en la solidez de la propuesta de modelo pedagógico , Cada una de estas entidades se hizo cargo del acompañamiento de 10 instituciones, con el claro objetivo del mejoramiento de los resultados de los estudiantes en las evaluaciones. Y efectivamente, adicional al entusiasmo que suscitó en las escuelas la orientación del proceso por parte de Abel, cumplieron con los objetivos del mejoramiento.
Asimismo, apoyamos desde el Distrito la iniciativa de la Expedición Pedagógica, que tanto impulso había tenido en la década anterior en el nivel nacional, que promovía dialogo pedagógico entre los maestros. Los dos coincidíamos en la necesidad de establecer amplias conversaciones en el sistema educativo, y por esto apoyamos la construcción de los planes decenales (Abel el primero en 1996 y yo el segundo 2006) con amplia participación en su elaboración. Sin embargo, no compartíamos la misma idea sobre el nivel de especificidad que dichos planes debían tener, puesto que yo estaba del lado de establecer un plan indicativo, y el planteaba su obligatoriedad.
Creo finalmente que, si la vida nos hubiera dado un poco más de tiempo, podríamos haber llegado a una apreciación mas cercana en cuanto al experimento de los colegios en concesión a los que siempre se opuso. Nunca se pensó que este modelo fuera generalizable, pero sí que podría mostrar caminos para mejorar la educación pública tradicional. Han demostrado qué con autonomía de las instituciones, un buen modelo pedagógico, relacionamiento con la comunidad y buena dotación e infraestructura, se pueden mejorar los aprendizajes de los estudiantes de las localidades mas desfavorecidas, todos estos planteamientos fundamentales en la concepción de Abel. Yo adicionaría que también demostraron que autonomía se puede otorgar cuando se establecen mecanismos de evaluación y seguimiento como los que desarrollo la Secretaría de Educación Distrital. Evolucionaríamos entonces hacia un modelo de educación pública como el finlandés o el holandés, que otorgan plena autonomía a las instituciones públicas, incluido el manejo del personal docente y administrativo, en el marco de un buen estatuto docente y con escalas salariales comunes, establecidas por el Estado, y con el seguimiento permanente tanto de la comunidad como de la autoridad estatal.
Nos hacen falta personas como Abel, para volver productiva la discusión en el sector entre posiciones diferentes, incluso opuestas, para que la conversación se convierta en un instrumento poderoso en el mejoramiento de la educación.