Germán Toro Zuluaga
Expresidente de Fecode e integrante de la Asamblea Nacional Constituyente

Un año sin Abel Rodríguez

Miradas a la educación

Las propuestas de Abel respecto del derecho a la educación no distan de lo que finalmente quedó en el texto constitucional del 91. Sus ideas también guiaron la lucha por la Ley General de Educación en los años 90.
 

Cuando yo apenas tenía 21 años y un año en el magisterio tuve la oportunidad de ir al Congreso de Fecode en Neiva en 1978, tiempo en que Abel ya estaba en la cúspide de la dirigencia magisterial. Desde entonces y hasta sus últimos meses en este planeta tuve el privilegio de disfrutar de su amistad sincera; los primeros años desde la prudente distancia entre quienes profesamos distintas vertientes de izquierda en la dirección de Fecode y luego paulatinamente desde cada vez más coincidentes puntos de vista de lo que pudiere llamarse genéricamente el sueño de un socialismo democrático. Con motivo del primer aniversario de su partida quiero dejar una reflexión de aprendizajes en estos más de 40 años de compartir muchas vivencias, proyectos y preocupaciones en su compañía.

Lo conocí primero como líder sindical. A diferencia de lo que inspiraban otros dirigentes, las diferencias ideológicas con su forma de leer el mundo en esos años, no provocaba en quienes compartimos labores sindicales una distancia personal o enconadas polarizaciones; su empática condición humana y su vocación democrática invitaban a una relación respetuosa y constructiva. Así lo viví no solo yo, sino el colectivo político magisterial al que pertenecí, como lo corroboré por estos días al recordar con mis viejos camaradas la obra inigualable de Abel en el movimiento magisterial. Fue un hombre siempre dispuesto a buscar y encontrar puntos de encuentro, a lograr acuerdos.

Como dirigente sindical tuvo un sello propio. Lejos estuvo de ser un simple agitador de banderas, fue esencialmente un constructor de unidad y alternativas de solución. En lo sindical, lo suyo no fue nunca el maximalismo ni el radicalismo intransigente; por el contrario, la propuesta que permitía avanzar siempre estuvo presente en el momento justo: así condujo la conquista del estatuto docente concertado, pero dejando en la mesa de negociación un acta de acuerdos y desacuerdos; las bases del régimen prestacional del magisterio, que negociamos los que le sucedimos, quedaron puestas a su retiro de Fecode. Las propuestas respecto del derecho a la educación de nuestra bancada de la AD-M19 tienen su impronta y no distan de lo que finalmente quedó en el texto constitucional del 91; y aunque al margen de la conducción gremial, sus ideas también guiaron la lucha por la Ley General de Educación en los años 90.

Para Abel era claro que el sindicalismo magisterial tiene una función social que va más allá de los derechos y las reivindicaciones de los maestros; que su fortaleza organizativa y su capacidad de convocatoria no puede llevar hacia el aprovechamiento utilitarista y mezquino de la comunidad educativa. Que hay que devolver la solidaridad generosa que recibe la lucha de los maestros por parte de la comunidad, con el compromiso sincero, y muchas veces arriesgado, para garantizar el derecho fundamental a la educación de nuestros niños, niñas y jóvenes.

 Destaca de su condición de líder sindical su postura frente al conocimiento. Estudioso como el que más; juicioso a la hora de escribir. El suyo fue un liderazgo muy particular en la actividad sindical y en los asuntos de la profesión y la comunidad académica de la educación. Un liderazgo necesario para ser propositivos, para la interlocución con la autoridad educativa y para ser formulador y ejecutor de políticas públicas. Un liderazgo del que intentamos en su momento aprender y del que pueden beber las nuevas generaciones; un ícono del sindicalismo y la educación colombiana..

Por esa doble condición de líder sindical y destacado intelectual de la educación y la pedagogía, fue más allá de la reivindicación laboral y salarial del gremio, convocó a lo más destacado de la intelectualidad educativa y pedagógica para que junto a los maestros más apasionados por la esencia de su función social, se pusieran al frente de un Movimiento Pedagógico que, sin ataduras ideológicas o partidistas, marchara de manera paralela, pero autónoma de la organización y la lucha sindical. Un Movimiento Pedagógico que, en un escenario distinto al sindical, reivindica a los maestros profesionalmente con la sociedad. En toda conversación con Abel, me recordó alguien en estos días, eran imprescindibles los derechos de los niños y las niñas de Colombia. Una convicción que dejó expresa en uno de los últimos mensajes que dirigió a los maestros en medio de la pandemia: “Ahora, más que en cualquier otro momento, tenemos el desafío de despertar el sentido ético de la profesión, el inmenso saber pedagógico que poseemos y el conocimiento de nuestra gente que tenemos, para ponerlo, primero, al servicio de nuestros niños, niñas y jóvenes y, segundo, de nuestras madres y padres de familia. Por favor, no los abandonemos”.

Abel sabía bien que en la escuela pasa lo que los maestros deciden que pase, por encima de decretos y planes gubernamentales. Por eso su convicción de que desde las normales, la universidad, la organización gremial y desde las políticas públicas, había que nutrir el alma autónoma del profesional de la educación. Tenía claro que, para muchísimos de nuestros niños y jóvenes, la escuela y el maestro son una esperanzadora tabla de salvación, un salvavidas en medio de la injusticia y la desolación; y que de la calidad humana y profesional del maestro, del dominio de las estrategias pedagógicas, los recursos didácticos y la comprensión crítica de los contextos socioeconómicos y culturales, depende su tarea transformadora.

Abel estimaba que lo sindical y lo político debían tratarse al tiempo, que son inseparables; por ello transitaba de manera destacada del escenario del debate y la confrontación de los intereses gremiales y democráticos a la eficiencia en el ejercicio de la administración de los asuntos públicos; una cualidad poco común entre los dirigentes alternativos, que dejan sombras a la hora de gerenciar el interés común. Su paso por la escuela pública, el sindicato, la Fecode, el Concejo de Bogotá, la Constituyente, la Gerencia del Primer Plan Decenal de Educación, el Viceministerio de Educación y la Secretaría de educación de Bogotá, dejó huellas imborrables, que hacen resaltar en su trayectoria esa múltiple condición de liderazgo como sindicalista, como intelectual de la educación, como dirigente político y como constructor y realizador de políticas públicas.

Abel, maestro de maestros, de fino humor, de sonrisa picaresca, cálido, de una enorme capacidad para relacionarse con las maestras, reconocer sus aportes y promocionar sus liderazgos. 

Termino esta reflexión sobre las enseñanzas que nos dejó Abel, tomando prestadas unas palabras de otro insigne tolimense, el escritor William Ospina (pronunciadas el 15 de agosto de 2021) a propósito de la pérdida de un baluarte de la cultura,  “no para despedirlo sino para acompañarlo a esa otra manera de vivir que es la memoria agradecida, el ejemplo laborioso, la lección admirable de cómo hay que hacer para mantener vivo el espíritu en estos tiempos de incertidumbre y en estos países de injusticia”.