Paola Ordoñez Yamhure
Psicóloga de la Universidad Nacional de Colombia. Coordinadora técnica Proyecto para el fortalecimiento de condiciones de salud mental en comunidades educativas de Bogotá

La salud mental y el desarrollo de capacidades ciudadanas y socioemocionales en la escuela

Miradas a la educación

El concepto más extendido en el país sobre salud mental proviene de la Ley 1616 de 2013. En ella se define la salud mental como “un estado dinámico que se expresa en la vida cotidiana a través del comportamiento y la interacción, de manera tal que permite a los sujetos individuales y colectivos desplegar sus recursos emocionales, cognitivos y mentales para transitar por la vida cotidiana, trabajar, establecer relaciones significativas y contribuir a la comunidad”.

Esta definición incluye algunos elementos que amplían la mirada sobre lo que significa tener una buena salud mental, reconociendo en ella no solo una dimensión individual centrada en el despliegue de capacidades y recursos personales, sino también la importancia de los vínculos a través de los cuales ponemos nuestra potencia creativa al servicio de otros.

Otras concepciones provenientes de la psicología incluyen elementos como la presencia e interacción creativa, la búsqueda de la autorrealización, la contribución al bienestar de personas que hacen parte del ambiente social cercano y lejano, el disfrute de la vida, la posibilidad de establecer un equilibrio entre los sueños y deseos y las demandas de la vida, entre otros muchos temas, que se consideran indicadores de una buena salud mental.[1] 

A estos asuntos que conciernen a la salud mental habría que sumarle otras variables culturales como las derivadas de la pertenencia étnica, en tanto las creencias específicas de los pueblos instalan comprensiones distintas sobre la salud y la enfermedad, y también establecen formas de armonización y búsqueda de bienestar adheridas a sus usos y costumbres; los matices en función del ciclo vital y del género, y por supuesto, las determinantes sociales que también afectan radicalmente la salud mental.

Con el ánimo de promover la salud mental desde la escuela, es decir, entendiendo su alcance y rol en la sociedad, se propone asumir la relación conmigo mismo y la relación con los otros o, dicho en otras palabras, lograr estar satisfecho en mi propia piel y sentirme a gusto en contacto con los otros.

Si nos concentramos en estas dos dimensiones, es posible pensar qué podemos hacer para fortalecer la salud mental asumiendo el rol pedagógico de los docentes y demás agentes educativos que interactúan en el entorno escolar con los estudiantes, y enfocarnos en aquello que pueden aprender y desarrollar para mantener e incrementar su salud mental.

Para pensar en el tipo de acciones que podemos desarrollar, resulta útil plantearnos unas metas individuales y colectivas que se correspondan con estas dos dimensiones.  Por ejemplo, como metas individuales, podemos contribuir a que los estudiantes se sientan satisfechos con ellos mismos desarrollando acciones que incrementen su autoeficacia y autoconcepto; enseñarles a gestionar sus propias emociones; reconocer y promover el fortalecimiento de sus propios recursos de afrontamiento para enfrentar las situaciones difíciles de la vida, incrementar su capacidad de resiliencia, entre otras.

Estas habilidades y capacidades, que hacen parte del desarrollo socioemocional, deberían integrarse decididamente como acciones de promoción dentro del entorno educativo, entendiendo que su desarrollo intencional y permanente, en realidad, previene que escalen los malestares psicológicos y desequilibrios socioemocionales hacia situaciones más críticas.

En el marco de la pandemia por COVID-19, y sus consecuentes efectos en la salud mental, muchos estudios han mostrado la necesidad de desarrollar estas capacidades específicas con el fin de superar los efectos adversos que tuvo el aislamiento, las posibles pérdidas de personas cercanas, la dificultad para gestionar la incertidumbre del momento o la ruptura de vínculos afectivos significativos.

También deberíamos plantear metas colectivas, como promover actitudes benevolentes y compasivas hacia otros seres humanos y otras especies; asumir la responsabilidad que compartimos en la construcción de formas de relacionarnos que permitan dignificar la vida, promover acciones que incrementen la confianza entre pares, impulsar acciones solidarias que contribuyan a superar el sufrimiento de personas de la comunidad, potenciar la participación efectiva para que los estudiantes se sientan parte activa en sus grupos de pertenencia, entre otros muchos ejemplos.

Aunque estas metas de aprendizaje con seguridad están presentes en la intencionalidad pedagógica de los docentes, requieren de una planeación juiciosa, una disposición personal para su enseñanza y una manera de monitorear avances específicos en la consecución de tales propósitos educativos. El enfoque que se presenta a continuación puede constituir una ruta posible para fortalecer la salud mental en el entorno escolar.

Despliegue de capacidades ciudadanas y socioemocionales como ruta para fortalecer la salud mental

La salud mental es un asunto que atraviesa íntimamente nuestra relación con nosotros mismos y también resulta determinante en la manera como establecemos nuestros vínculos con el mundo, cómo habitamos en él y la huella que dejamos. En este sentido, resulta oportuno revisar el enfoque basado en el desarrollo de capacidades ciudadanas y socioemocionales como una ruta para fortalecer la salud mental en los estudiantes.

El enfoque de capacidades fue propuesto por Amartya Sen en el año 1993 y hace referencia a la posibilidad de explorar una manera particular de entender el bienestar humano en términos de las habilidades que desarrollan las personas para hacer actos valiosos. Es decir, poniendo el énfasis en lo que los individuos son capaces de hacer y de ser, buscando promover mayor libertad para vivir el tipo de vida que cada quien valora[2].

La Secretaría de Educación del Distrito asume que estas capacidades son fundamentales en el camino de promover el empoderamiento y la capacidad creativa de niños, niñas y jóvenes como sujetos que participan en la transformación de la sociedad, y como condición necesaria para lograr la eliminación de cualquier expresión de violencia y desigualdad como la xenofobia, la discriminación, la homofobia, el clasismo, entre otros.

Estas capacidades se ubican en el terreno de lo vincular y se expresan en acciones específicas: aprender a ser, a hacer y a vivir juntos, tomando como referencia tres dimensiones: la individual, referida a la relación consigo mismo; la dimensión societal, cuyo énfasis se encuentra en la relación con cercanos, amigos y familia; y la dimensión sistémica que integra otros vínculos con personas lejanas, otras especies, otras culturas, e incluso las responsabilidades con quienes aún no habitan este planeta que compartimos.

Dentro de las capacidades que la SED busca promover están: la participación, la dignidad y los derechos, el cuidado de sí mismo y del otro, la memoria crítica, la gestión de los conflictos, la sensibilidad y la gestión emocional, el pensamiento crítico, la comunicación y las identidades.

El desarrollo de cada una de estas capacidades supone el despliegue de habilidades, conocimientos y destrezas que se van afianzando progresivamente. Por ejemplo, para desarrollar la capacidad de gestionar conflictos deberíamos enseñar a los estudiantes a argumentar asertivamente sus propias posturas, escuchar atentamente los intereses de los otros, tomar distancia del propio pensamiento para comprender desde dónde el otro entiende el mundo, pero también sería importante enseñarles a contener sus impulsos para no acudir a la agresión como primera respuesta e impulsar en ellos pensamiento creativo como una forma de resolver los conflictos.

Este es un ejemplo de cómo se relacionan las habilidades con las capacidades ciudadanas y una manera de entender por qué es importante comenzar con pequeños aprendizajes para ir progresivamente instalando y reafirmando desempeños más complejos que les brinden a los y las estudiantes más posibilidades de aplicación en el mundo de lo social.

Para desarrollar estos aprendizajes es importante contar con una planeación que garantice oportunidades pedagógicas para su entrenamiento permanente tanto en el aula de clase, como en el resto de los escenarios de interacción de los estudiantes. Mientras más se encuentren expuestos a estas maneras de relacionamiento, será más probable que alcancen estos desempeños simples; y, entre más practiquen estas habilidades, más rápido llegarán a conquistar las capacidades requeridas para poder determinar la propia vida y contribuir a la transformación de la sociedad.

Este es un camino posible que parte de lo individual hacia las acciones colectivas. Sin embargo, hay quienes apuestan por partir de proyectos colectivos para generar oportunidades para el aprendizaje y despliegue de estas habilidades y capacidades, y por supuesto, esta es otra ruta posible: entrenar las capacidades para participar, para reconocer y promover la dignidad en todos los seres humanos, a partir de acciones colectivas en donde estas capacidades se ponen en juego.

Un ejemplo: un educador puede plantearse como pregunta ¿cuál es el proyecto común que puede atenuar los impactos que tuvo la pandemia en la salud mental de mis estudiantes? Y puede encontrarse con que varios de ellos pasaron grandes dificultades económicas y vivieron con mucha precariedad, perdieron seres queridos, no contaron con herramientas para manejar los altos niveles de incertidumbre, soledad y angustia, a los que debimos enfrentarnos y desarrollaron trastornos de ansiedad, etc.

En ese caso, un proyecto colectivo podría ser diseñado en torno al fortalecimiento de vínculos y las acciones de solidaridad para contribuir a que esos estudiantes y sus familias superen las dificultades, y, a construir entre ellos redes de apoyo y contención emocional. En el marco de este proyecto, un educador puede trabajar intencionalmente la noción de derechos y dignidad, invitar a que sus estudiantes cuestionen las desigualdades que llevaron a que unas familias hayan vivido la pandemia de una manera determinada, desarrollando pensamiento crítico; puede trabajar en el cuidado de sí mismo y del otro a partir de actos concretos de solidaridad y, en el marco de estas iniciativas pedagógicas, puede ir progresivamente introduciendo esas habilidades. Por ejemplo, podría promover altruismo y autoeficacia, logrando que cada estudiante realice un aporte concreto en la resolución de uno de los problemas de los estudiantes y sus familias.

Para que los docentes puedan realizar estos giros en las prioridades de su quehacer educativo es necesario reconocer que, en momentos tan críticos como el que vivimos, debemos propiciar un verdadero cambio de paradigma que permita interpretar la realidad situando en el centro la necesidad de cuidarnos los unos a los otros, la posibilidad de sobrevivir como especie, y de crecer y mejorar como humanidad. Esto es, priorizando dentro de los procesos educativos la educación integral y la formación del ser como asuntos prioritarios que reconocen el carácter relacional de la vida y la concepción del bienestar como un asunto colectivo que nos conecta con el resto de la humanidad, con la naturaleza, con las demás especies y con nuestras creaciones sociales.

[1] Carrazana, Valeria. (2003). El concepto de salud mental en psicología humanista-existencial. Ajayu Órgano de Difusión Científica del Departamento de Psicología UCBSP1(1), 1-19. Recuperado en 09 de noviembre de 2021, de http://www.scielo.org.bo/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2077-21612003000100001&lng=es&tlng=es.

[2] Sen, A. (2011). Desarrollo y libertad. Bogotá: Planeta.