Impacto de la Covid-19 en la salud mental de niñas, niños y adolescentes
La vida nos cambió en cuestión de días. Tantos cambios y su velocidad han pasado la cuenta a nuestros cuerpos y a nuestra salud mental. El encierro, el temor a la COVID-19 y a la muerte, la preocupación por meses de inactividad y la reactivación económica; las clases en línea y sus retos: el hastío, las dificultades en conectividad y el estudio en casa. A pesar de esto, en este año y medio también nos hemos permitido ser más flexibles, revisar expectativas y organizar prioridades, buscar apoyo y apoyar a otros que lo necesitan. Este artículo aborda las acciones que ha desarrollado la SED para el cuidado de la salud mental en el contexto escolar durante la pandemia actual.
La posibilidad de que niñas, niños y adolescentes puedan tener un buen desempeño en el ámbito escolar depende de múltiples factores. Uno de los que tiene mayor incidencia es el de la salud mental. Se ha encontrado que las niñas y niños con capacidades socioemocionales bajas tienden a tener peores resultados académicos, presentar mayor deserción y no atender a estudios superiores (Suldo, Gormley, DuPaul,& Anderson-Butcher, 2014). Incluso, cuando las dificultades de salud mental parecen mínimas, estas terminan afectando los procesos escolares de niñas, niños y adolescentes. Esto se evidencia a lo largo de las diferentes etapas de desarrollo de la vida académica, por ejemplo, se encuentra que las dificultades emocionales y comportamentales antes de los tres años se encuentran directamente relacionadas con desempeños académicos bajos hacía los doce años; de forma similar, cuando se presentan afectaciones de salud mental a los 12 años, se predice deserción antes de finalizar estudios de básica secundaria (Agnafors, Barmark & Sydsjö, 2021). Vemos que la salud mental no es estática, sino que es cambiante y depende de múltiples factores. Lo anterior, se entiende desde una perspectiva integral porque, cuando un área de la vida de las niñas y niños no se encuentra fortalecida, irremediablemente las demás se ven afectadas (Suldo, Gormley, DuPaul,& Anderson-Butcher, 2014).
La escuela es un ambiente vital para la construcción, desarrollo y fortalecimiento de capacidades que favorecen la salud mental, como lo son las capacidades socioemocionales. La relación entre el contexto educativo y la salud mental es estrecha, ya que cuando la salud mental se encuentra afectada el desempeño y clima escolar son disminuidos; y al mismo tiempo, la escuela, particularmente el apoyo y contención que puede dar a las y los estudiantes, beneficia o perjudica la salud mental de los mismos (Kidger, Araya, Donovan & Gunnell, 2012).
La salud mental es un estado que depende del contexto y las relaciones sociales, en este sentido se habla de potenciar el desarrollo humano, entendido desde la perspectiva de Amartya Sen (Picazzo, 2011), el cual no se limita a la instrumentalización de capacidades y habilidades humanas para lograr generar más riqueza para sus países, sino que, a través de una mirada más flexible, se orienta a la ampliación de las libertades individuales en las que cada individuo logre identificar capacidades según su decisión y pueda participar del colectivo social. Lo anterior solo es posible cuando la gente tiene acceso a servicios que el Estado provee para permitirles a los individuos decidir sobre las capacidades que quieran desarrollar.
El desarrollo humano se entrelaza con la salud mental en dos elementos principales: el desarrollo y el fortalecimiento de capacidades y la consciencia de trabajar en redes comunitarias para fortalecer lazos sociales que permitan hacerle frente a los retos de cara a las dinámicas actuales del mundo. El diálogo entre estos dos elementos es clave para entender qué ha pasado y cómo se podrían fortalecer los procesos a nivel de gobierno distrital, colegios y redes comunitarias, y a nivel individual, cómo las personas se relacionan con sus redes de apoyo para hacer frente al desafío que supone la pandemia y la postpandemia.
En el escenario actual es preciso desarrollar y ampliar capacidades autónomas que fortalezcan las libertades individuales, acomodándose a las realidades sociales y económicas de las comunidades educativas y a las exigencias de la virtualidad. La escuela se enfrenta al reto de dar un giro pedagógico, preguntándose sobre las consecuencias que tiene el escenario actual en la salud mental de las personas que conforman las comunidades educativas, cómo enfrentar las situaciones en las que se ve vulnerada y cómo promoverla, entendiendo la necesidad de generar procesos integrales de educación. Igualmente, es preciso buscar las metodologías de aprendizaje adecuadas que puedan abordar las preguntas anteriores y que den herramientas para ampliar capacidades y generar bienestar.
La escuela no puede seguir repitiendo patrones: las mismas lecciones, pero ahora con una pantalla y un teclado. La pandemia supone el reto de plantear la pregunta pedagógica frente a la adaptación y el reconocimiento de nuevas maneras de generar contextos educativos más allá del aula. El cierre de escuelas generó la instrucción a distancia, excepcional y de urgencia, pero en el 2021 y los años venideros, hay que apostarle a una auténtica metodología de educación online y capacitar a todos los actores educativos con los medios tecnológicos necesarios.
El panorama actual nos pone frente al desafío que implica flexibilizar el sistema educativo, haciendo un tránsito del actual sistema clásico, basado en el aprendizaje memorístico de conocimientos, a uno contemporáneo fundado en la adquisición y fortalecimiento de capacidades que se desarrollen desde lo académico, técnico y emocional. Trabajar para integrar y mejorar la toma de decisión sobre las capacidades a desarrollar no supone que los estudiantes no aprendan contenidos académicos. De hecho, las capacidades socioemocionales se ejercitan y se construyen durante procesos de aprendizaje colectivo que impliquen competencias cognitivas con el apoyo de metodologías que favorezcan estos objetivos; por ejemplo, -en un escenario de alternancia- utilizando contenidos multimedia y combinando la formación presencial y a distancia en las tareas educativas (Rey Martínez, F., et. al., 2020).
El traslado de la escuela a la casa requiere apoyo familiar, cooperativo y que involucra la salud mental porque es un escenario en el que se desenvuelve, por ejemplo, la comunicación asertiva entre los familiares, tolerancia al malestar y educación emocional para manejar estados de ánimo alterados. De allí, que en el 2022 se deben seguir llevando a cabo acciones para fortalecer los procesos de alfabetización digital de las familias y educación socioemocional y así facilitar procesos de formación integral que se den en distintos espectros sociales y económicos.
Son varios los elementos contextuales que afectan a estudiantes y docentes, por lo que los procesos de desarrollo y fortalecimiento de capacidades se ven alterados. Por esta razón, las comunidades educativas deben generar una conciencia más colectiva y menos individual que responda a las necesidades pedagógicas actuales a través de currículos flexibles en los que se incluyan conocimientos y saberes integrales, entre ellos los relacionados con la salud mental, que resuelva la intención de la enseñanza, su dirección y objetivos.
La consciencia de lo colectivo supone que hay abordajes comunitarios que responden a la naturaleza de los vínculos y las relaciones sociales en situaciones de adversidad, revalorizando las redes de contención familiar y comunitaria. Cualquier comunidad que logra contar con nutridas redes orientadas al cuidado y la solidaridad se encuentra más preparada para afrontar colectivamente sus dificultades y, en ese sentido, es más saludable emocionalmente. Por eso, en tiempos de crisis las estrategias de intervención en salud mental deben poder tejerse sobre el entramado de red resultante de lo comunitario, facilitando que las prácticas institucionales gubernamentales se articulen con distintas organizaciones y lleguen a otras poblaciones (Ribeiro et al., 2020).
La SED viene desarrollando el Programa integral de educación socioemocional, ciudadana y escuelas como territorios de paz, en el marco del Plan Distrital de Desarrollo (PDD) 2020–2024 “Un nuevo contrato social y ambiental para la Bogotá del siglo XXI”, puntualmente sobre el propósito número tres: «Inspirar confianza y legitimidad para vivir sin miedo y ser epicentro de cultura ciudadana, paz y reconciliación», y los siguientes Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) adoptados por la Asamblea General de las Naciones Unidas.
El programa se estructura en cuatro estrategias: La primera se denomina Justicia Escolar Restaurativa (JER), es una apuesta por la educación integral que retoma y potencia elementos centrales de los aprendizajes construidos en torno a la educación socioemocional, la justicia restaurativa y la pedagogía de la verdad, reconociendo las particularidades de cada contexto, fomentando transformaciones en las formas de relacionarnos unos con otros. La segunda estrategia Incitar para la paz, busca potenciar la capacidad transformadora de las comunidades educativas fortaleciendo el empoderamiento, la movilización y la incidencia de cada uno de sus miembros para transformar la realidad y consolidarse como la generación de la paz, fortaleciendo el trabajo en red, compartiendo experiencias y fortaleciendo lazos de confianza, solidaridad y colaboración. La tercera estrategia de Fortalecimiento Familiar, donde a partir de diálogos intergeneracionales, se busca el fortalecimiento de la gestión socioemocional en madres, padres y cuidadores para el manejo de las situaciones de conflicto presentadas en los contextos intrafamiliares.
La estrategia Respuesta Integral de Orientación Pedagógica (RIO-P), pretende fortalecer los procesos de promoción de derechos de las niñas niños y jóvenes, así como las acciones de prevención de violencias, atención a situaciones que afecten la convivencia escolar y seguimiento a los acuerdos desde las prácticas restaurativas y de no repetición. Esta estrategia tiene como base el marco legal del Sistema Nacional de Convivencia Escolar, creado por la Ley 1620 de 2013 y la Ley de 1098 de 2006, donde se estipula que se deben identificar las situaciones donde se presuma que existe algún tipo de vulneración de los derechos humanos, sexuales y reproductivos de las niñas, niños, adolescentes y jóvenes, además de analizar, especialmente, a los grupos sobre quienes puede recaer cualquier tipo de violencia o acciones discriminatorias y excluyentes.
Esta línea cuenta con un equipo interdisciplinario -Equipo RIO-P- conformado por psicólogos, trabajadores sociales, pedagogos y abogados, que articulan continuamente su ejercicio profesional para brindar apoyo socioemocional a las comunidades educativas, mediante acciones de promoción de derechos, prevención de vulneraciones, atención y seguimiento a los diferentes casos de vulneración de derechos que afectan a niñas, niños, adolescentes y jóvenes, tanto en los colegios distritales como en los privados; también atiende situaciones críticas de conducta suicida y violencias basadas en género, que se presentan en el ámbito educativo y afectan la convivencia de las niñas, niños, adolescentes y jóvenes, y propician a su vez la vulneración de sus derechos fundamentales, teniendo en cuenta el aumento y prevalencia que ha adquirido en los últimos meses el reporte de este tipo de situaciones en nuestro Sistema de Alertas.
La pandemia nos ha conmocionado, ha significado retos, perdidas y cambios. Funcionamos como un todo, sin podernos fraccionar, las emociones derivadas de lo que vivimos debemos cargarlas a los lugares que habitamos y a las labores que realizamos, desde ahí es que el contexto escolar recibe las consecuencias de la pandemia, que plantea nuevas preguntas: ¿qué enseñar? ¿qué atender? ¿hacía quien dirigir la escuela? Estas preguntas son importantes porque permiten recibir la humanidad de las y los estudiantes, reconocer que sus emociones son importantes, pero también que la escuela no se trata solo de números y letras, sino que puede ser un lugar que reciba a las personas y les facilite un lugar seguro para desarrollar sus capacidades desde lo qué es importante para cada uno, pero también desde lo que están viviendo en este momento.
Resulta vital entender el desarrollo emocional y la salud mental como capacidades que pueden desarrollarse y fortalecerse en la escuela, que los contextos educativos son comunidades y en el aprendizaje comunitario los resultados van más allá de las exigencias educativas a las que se enfrentarán los estudiantes, también implica el entendimiento de sí mismo y de los otros, empatía, relacionamiento y emocionalidad. Las apuestas que se dirigen al fortalecimiento de la salud mental es finalmente una apuesta por el desarrollo humano.
Las estrategias desarrolladas desde el programa de educación socioemocional reconocen a las y los estudiantes como seres de capacidades y asumen las circunstancias actuales como una oportunidad para continuar repensando los modelos educativos y formular respuestas, apuestas y oportunidades que propicien el bienestar de la comunidad educativa. Desde la apuesta RIO-P se busca responder a los retos que significa fortalecer y construir salud mental, en una contingencia como la actual que desborda todo lo pensado previamente.
REFERENCIAS
Agnafors, S., Barmark, M., & Sydsjö, G. (2021). Mental health and academic performance: a study on selection and causation effects from childhood to early adulthood. Social psychiatry and psychiatric epidemiology, 56(5), 857-866.
Rey Martínez, F. Biglino Campos, P.; Durán Alba (2020). Pandemia y sistema educativo. Los Efectos Horizontales de la COVID sobre el sistema constitucional, Colección Obras Colectivas, Fundación Manuel Giménez Abad, Zaragoza. DOI: https://doi.org/10.47919/FMGA.OC20.0014
Ribeiro, Beatriz Maria Dos Santos Santiago, Scorsolini-Comin, Fabio, & Dalri, Rita de Cassia de Marchi Barcellos. (2020). Being a professor in the context of the COVID-19 pandemic: reflections on mental health. Index de Enfermería, 29(3), 137-141. Epub 25 de enero de 2021..
Suldo, S. M., Gormley, M. J., DuPaul, G. J., & Anderson-Butcher, D. (2014). The impact of school mental health on student and school-level academic outcomes: Current status of the research and future directions. School Mental Health, 6(2), 84-98.
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