Jean Schmitz
Master en Ciencia de las Prácticas Restaurativas, Internacional Institute for Restorative Practices, EEUU. Consultor y formador internacional en prácticas restaurativas.

El enfoque restaurativo para la construcción de paz desde la escuela

Miradas a la educación

Los orígenes del enfoque restaurativo no están claramente definidos, pero existe un cierto consenso entre diversos autores (Zehr, 2002; Marshall, 1999; McCold, 2013) en reconocerlo desde hace más de 200 años en las prácticas ancestrales e indígenas empleadas en las culturas en todo el mundo, las cuales aplicaban procedimientos que obligaban a reparar el daño a quien había ofendido a alguien más de la comunidad, bien fuera trabajando durante un tiempo para la familia o devolviendo lo que había robado[1]

En estas comunidades, tanto la aplicación de justicia, así como la resolución de conflictos eran de interés comunitario, de forma que cuando una de las personas del grupo cometía una infracción al orden establecido, se utilizaban prácticas de diálogo y sanación, ofreciendo un espacio de encuentro para que tomaran parte como actores en la solución del conflicto. De esta forma, las enseñanzas y tradiciones tribales sintetizan la aplicación de la justicia restaurativa, otorgándole una dimensión cultural y abarcadora.

En el mundo moderno y más formal, la justicia restaurativa se originó en la década de los setenta como una mediación o reconciliación entre víctimas y agresores y se amplió para incluir también a las comunidades afectadas, en las cuales las familias y los amigos de las víctimas y los agresores participan en procesos colaborativos, llamados reuniones y círculos. Según McCold y Wachtel (2003), este enfoque en el proceso de subsanación tiene un gran potencial para mejorar la cohesión social, ya que todas las personas implicadas (víctimas, ofensores y comunidad) pueden participar directa o indirectamente en la resolución del conflicto.

Más que un modelo, la justicia restaurativa debe verse como una filosofía que se fundamenta en una serie de premisas, entre las que se destacan, en primer lugar, que todo conflicto representa una oportunidad de aprendizaje, desarrollo y crecimiento; en segundo lugar,  que el ser humano es más feliz, más cooperativo y productivo y se muestra más predispuesto a hacer cambios positivos en su comportamiento cuando se trabaja con él, y no por o contra él (Wachtel, 2012) y en tercer lugar, más allá de castigos y sanciones, la justicia debe centrarse en la reparación de los daños y la restauración de las relaciones.

En concreto, el proceso de justicia restaurativa anima a la parte ofensora a responsabilizarse de sus acciones y del daño causado, a comprender las causas y los efectos de su comportamiento en los otros, y a ofrecer soluciones que reparen el daño para merecer su reintegración en la comunidad, desde el reconocimiento de que se juzgan los hechos y no al autor del delito. Al mismo tiempo, ofrece a la víctima la posibilidad de expresar sus sentimientos y emociones, formular preguntas, obtener respuestas, poder comprender, explicar el impacto y daños sufridos a consecuencia del delito, y exponer su punto de vista sobre la manera de reparar el daño y reintegrar a la persona infractora en la comunidad (Costello, B., Wachtel, J. y Wachtel, T., 2010).

Si bien la justicia restaurativa es reactiva, sin embargo, a diferencia de la justicia punitiva tradicional, ofrece una respuesta reparadora del daño y una posible restauración de las relaciones entre las personas en conflicto, previniendo en la mayoría de los casos que haya reincidencia del comportamiento indebido o violento.

Las prácticas restaurativas tienen su origen en la justicia restaurativa, sin embargo, aparte de ser  reactivas, son también y sobre todo proactivas y preventivas, pues giran en torno al potencial de la comunidad, forjando y desarrollando relaciones sanas y fuertes, y manteniéndolas en el tiempo.

Vander Vennen (2016) definió las prácticas restaurativas como « una forma de pensar y ser, enfocada en crear espacios seguros para verdaderas conversaciones que profundicen la relación y creen comunidades conectadas y más fuertes ». El Instituto Internacional de Prácticas Restaurativas (IIRP) las define como una ciencia social que estudia cómo generar capital social y lograr una disciplina social a través de un aprendizaje y una toma de decisión participativos, cuyo objetivo es « crear un sentido de comunidad y manejar tensiones y conflictos a través de la reparación del daño y la restauración de las relaciones » (Wachtel, 2012).

Teniendo ahora una comprensión más clara del significado del enfoque restaurativo”, su origen, filosofía y propósito, ¿en qué podría ser  beneficioso para contribuir a  la construcción de paz desde la escuela?

Después del entorno familiar, la escuela es el segundo lugar de referencia de los niños y las niñas para desarrollarse psíquica, intelectual y socialmente. Ambos ámbitos son claves en la construcción de la identidad personal y colectiva a través de la interacción y del aprendizaje de principios y valores. Tanto la familia como la escuela son instituciones básicas que les proporcionan pautas de socialización respecto a comportamientos, relaciones interpersonales y hábitos de pensamientos y reflexiones.

La escuela debe verse como un espacio sano y seguro en donde niños y niñas, adolescentes y jóvenes aprenden a relacionarse, a expresarse libremente y a intercambiar y respetar ideas, y donde las diferentes opiniones pueden converger y convivir sin problema. Para desarrollar una escuela con cultura de paz, es fundamental proporcionar a todas las personas de la comunidad educativa (estudiantes, docentes, padres, madres y cuidadores de estudiantes, personal de rectoría y equipo psicosocial) las habilidades y los entendimientos para promover interacciones sociales positivas y relaciones que apoyen el aprendizaje y permitan prevenir y hacer frente de manera pacífica y participativa a situaciones o conflictos que les afectan.

La implementación e integración del enfoque restaurativo dentro de la comunidad educativa contribuye a comprender el valor de la paz y construirla no solamente entre sus miembros sino mucho más allá, en todo su alrededor, con repercusión en la sociedad donde viven.

Existen varios estudios e investigaciones[2] que demuestren que los centros educativos con cultura restaurativa, es decir, escuelas y colegios que integraron diversas prácticas de comunicación y diálogo entre sus miembros, entre otros, la  comunicación no violenta, los círculos de diálogo y paz, la mediación y las reuniones restaurativas (encuentros estructurados y voluntarios entre ofensor, víctima y comunidad) han logrado transformar la enseñanza, la educación, el  aprendizaje, la participación y el desenvolvimiento en una actividad atractiva y satisfactoria por haber apostado a la construcción y mantenimiento de relaciones sanas y seguras entre todos los actores de la comunidad educativa y propiciar el empoderamiento y la responsabilidad de la comunidad estudiantil.

Autores como Kane y McCluskey (2008) o Belinda Hopkins (2013) han descrito, cada uno a su manera, lo que se puede esperar de un centro educativo con cultura restaurativa o cultura de paz, en cuanto a características, entorno y tipo de interacción.

Son centros educativos donde existe un clima escolar positivo que incluye a todo el estudiantado, que a su vez tiene un fuerte sentido de pertenencia en lugar de estar en riesgo de exclusión. En ellos, el estudiantado experimenta relaciones de aprendizaje positivas con los adultos y entre sí; se siente seguro, tiene una gran consideración por su comunidad escolar y se le da la oportunidad de hacer las cosas bien aun cuando no lo estén. El comportamiento ofensivo es visto como una violación de las relaciones que va en contra de los valores de la comunidad educativa.

La actitud hacia el aprendizaje y el comportamiento, tanto del equipo docente como del alumnado, es infaliblemente positiva. Las familias se sienten bienvenidas en el centro educativo, participan en actividades diseñadas para ellas, reciben regularmente información sobre cómo están sus hijos e hijas y participan en el apoyo a la educación según sea apropiado, incluyendo la colaboración activa para abordar los problemas.

Todas las personas de la comunidad educativa tienen una comprensión de la necesidad de restaurar las relaciones después de los conflictos, irregularidades o incidentes importantes ocurridos dentro de la escuela o del colegio. Esto se refleja en la práctica para resolver los problemas en torno al daño que debe ser reparado en lugar de la violación de las reglas que necesita ser castigada. Las prácticas restaurativas y el respeto mutuo son los cimientos de las interacciones entre los miembros de la comunidad educativa, no la retribución y el castigo. Las expectativas de comportamiento razonables y bien entendidas para el estudiantado son acordadas, especificadas y compartidas entre la comunidad educativa.

El comportamiento del alumnado no se ve como una cuestión separada que debe gestionarse fuera del plan de estudios. Se llevan a cabo reuniones regulares de clase (círculos restaurativos) para desarrollar competencias sociales y emocionales, autorregulación y responsabilidad de toda la clase en busca de un clima positivo en el aula. Se le enseña explícitamente al estudiantado las habilidades necesarias para participar en los procesos restaurativos, entre ellos círculos y reuniones restaurativas.

El punto de partida para construir una cultura restaurativa, una cultura de paz es la práctica de círculos restaurativos entre los miembros de la comunidad educativa. Es en los círculos donde se empieza a ver el verdadero valor de cada persona y a honrar la historia que cada quien está viviendo. Esta es la base para un respeto genuino entre todos y todas, y es un compromiso para asegurar que todos y todas están haciendo contribuciones positivas a la comunidad educativa y más allá, construyendo paz y convivencia en lugar de causar daño y exclusión.

Desarrollar una cultura de paz en centros educativos significa reconocer y comprometerse con la noción de que las relaciones positivas y sólidas se encuentran en el corazón del aprendizaje y de la práctica pedagógica, de bienestar y del sentido de pertenencia y conexión; y todas las decisiones, estructuras, políticas y procedimientos reflejan este entendimiento. En estos centros educativos, el estudiantado recibe apoyo y aliento para satisfacer sus necesidades educativas y socioemocionales, incluyendo relaciones positivas en el aula, apoyado por un equipo docente con altas expectativas y pedagogías, que permite al estudiantado dar lo mejor de sus capacidades.

Finalmente, un centro educativo con enfoque restaurativo nunca es estático, es proactivo, centrado en el futuro y da la bienvenida al cambio. Además, hay diálogo claro y eficaz de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba y entre el personal, el estudiantado, los padres, madres, representantes legales y cuidadores de estudiantes, y cualquier persona comprometida con la comunidad educativa.

No puedo cerrar estas líneas sin compartir una reciente e inolvidable experiencia en el marco del proyecto Juntos Aprendemos[3] realizada en varios institutos educativos públicos de diversas ciudades de Colombia, la cual nos demuestra que el solo hecho de invitar a un verdadero dialogo entre madres, padres y cuidadores de estudiantes, a veces con la presencia de algunos docentes y coordinador o coordinadora, representante de comité de estudiantes y rector o rectora, puede hacer una gran diferencia cuando todas las personas se sientan bienvenidas, sentadas en círculo para facilitar conexiones, para propiciar igualdad entre cada participante, para favorecer la confianza y la seguridad entre todos y todas y para promover un real sentido de pertenencia. Para crear paz y convivencia, hay que empezar por querer conocernos, relacionarnos, y escucharnos, tomando conciencia que la voz de cada quien es importante y que ser escuchado es una necesidad básica del ser humano.

En un poco más de una hora, sentados en círculo, hablando cada uno a su turno, usando un objeto de diálogo, iniciamos la construcción de paz entre las personas presentes, solo por el hecho de haber creado las condiciones que permiten a todas personas usar el poder de su voz y ser escuchadas, dialogando con respeto.

 

Bibliografía:

Costello, B., Wachtel, J. y Wachtel, T. (2010). Manual de Prácticas Restaurativas para Docentes, Personal Responsable de la Disciplina y Administradores de Instituciones Educativas. Bethlehem, Pennsylvania, EEUU: International Institute for restaurative practices. Versión Kindle.

Hopkins, B. (2013). Implementing restorative practice in schools. Reino Unido: Jessica Kingsley publishers.

Kane, J. (2008). Can restorative practices in schools make a difference? Disponible en: https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/00131910802393456

Marshall, T. F. (1999). « Restorative Justice: An Overview (Justicia restaurativa: una visión general) ». Home Office. Departamento de Investigación y Dirección de Estadísticas. Londres, Reino Unido. Disponible en: http://www.homeoffice.gov.uk/rds/pdfs/occ-resjus.pdf

McCold, P., y Wachtel, T. (2003). «In pursuit of paradigm: A theory of restorative justice». Ponencia presentada en el XIII World Congress of Criminology, en Río de Janeiro, Brasil.

McCold, P. (2013). «La historia reciente de la justicia restaurativa. Mediación, círculos y conferencias». Delito y Sociedad 35: 9-44.

Vander Vennen, M. (2016). Towards a relational theory of restorative justice. En B. Hopkins, Restorative theory in practice: insights into what works and why (págs. 121-137). Londres: Jessica Kingsley Publishers.

Wachtel, T. (2012). Defining restorative. Bethlehem, PA: International Institute for Restorative Practices. Disponible en: http://www.iirp.eu/wpcontent/uploads/sites/13/2014/04/A4_IIRP_Europe_Defining_Restorative.pdf

Zehr, H. (2002). The Little Book of Restorative Justice. EEUU: Good Books/Intercourse.

 

[1] Foco Rojo, 18 de septiembre de 2015. «La Justicia Restaurativa: origen, concepto y mecanismos  alterativos de solución de conflictos». Disponible en:

  http://focorojomx.blogspot.com/2015/09/la-justicia-restaurativa-origen.html

[2] P. McCold, IIRP researcher: Evaluation of a restorative milieu: Restorative practice in context (2008).

  G. McCluskey, « Can restorative in schools make a difference? » (2008). Disponible en:  

   https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/00131910802393456?src=recsys&journalCode=cedr20

[3] Uno de los componente de “Juntos aprendemos” es: empodera a los actores comunitarios, como las asociaciones de padres y maestros, para participar en la toma dedecisiones y la prestación de servicios relacionados con la educación. La actividad aumenta la participación de las familias y los cuidadores en el aprendizaje y desarrolla actividades comunitarias que reúnen a familias, colegios, empresas y actores de protección social.