Docentes Orientadores: sujetos sentipensantes
A finales de 1980 del siglo XX, época en la que transité del aula de primaria a uno de los Centros de Diagnóstico y Tratamiento, instituidos por la Secretaría de Educación de Bogotá, primigenios de la Orientación Educativa en Primaria, por esa misma época Galeano pronunciaba una conferencia en la Universidad Nacional, en la que nos sorprendió con la palabra: sentipensantes.
Fals Borda, al presentar al conferencista charrúa consintió: “Muchas veces pensamos, como académicos de tradición cartesiana, que con la razón se tiene mas que suficiente para explicar toda realidad, los fenómenos sociales, los problemas que nos afectan. Pero Galeano ha descubierto que Pascal, aquel viejo filósofo, tenía razón cuando dijo que el corazón también tiene razones que la razón no alcanza a explicar” (Fals Borda, 1989, p. 3).
El escritor uruguayo instituyó ese regionalismo y lo puso a circular. Esa palabreja, que nació en la literatura anfibia del río San Jorge, refiriere a personas que ofrecen confianza, poder y fortaleza para desplegar las alas y darle rienda suelta a sus propósitos, como lo hacen los pescadores caribeños que saben combinar las ansias del corazón con los cánones de la razón.
Fals Borda creó una sociología sentipensante para América Latina, y el autor de este escrito la hace suya para abonar que los Docentes Orientadores somos sentipensantes clásicos y los somos por antonomasia. En la práctica educativa no cabe la escisión de la razón con el corazón. Para enseñar y aprender, señaló Pestalozzi: “cabeza, corazón y mano”. El cuerpo es el alma como lo concebían Wiltman y los griegos.
Anterior a este planteamiento, la REDDI publicó un libro en el que documenta que el Docente Orientador es biblioterapéuta (González, 2018, p. 173). A este punto de vista le aconteció algo análogo como el Pájaro carpintero cuando, cansado de tener que sentarse siempre al borde del nido, decidió hacer una silla en un árbol. Lo tildaron de loco y se burlaron los demás animales. El capítulo se imbrica apelando a un par de preguntas acerca del valor de la lectura y la escritura. En el primer caso, la alusión es a Borges para quien la lectura es lo fundamental, pese a su prolífica pluma: “que otros se jacten de las páginas que han escrito. Yo me jacto de las que he leído”. La segunda, es para Galeano, quién inquiría el sentido de escribir: ¿Escribir vale la pena? La compostura de estos celebérrimos literatos permite soltar algunos hilos, cual gusano de seda, para entrecruzarlos y tejer un tapiz memorable en el quehacer del Docente Orientador con relación a lo socioemocional.
Jalonamos el hilo del lenguaje para decir que el fluir de la palabra está en la oralidad, la escritura, la gestualidad, las imágenes y el lenguaje mosaico. Para el primer caso, el Docente Orientador asume la escucha activa y la memoria; para el segundo, se comporta como un biblioterapeúta, un lector del mundo, un hermeneuta y; para el tercero, un decodificador semiótico de los mensajes que transporta el emisor, a través del discurso, la tonalidad, la postura corporal y otras revelaciones, del sentir, pensar y actuar. En esa lógica, problematizando la concepción de Maturana, la escuela se mueve con razón y con emociones, de ahí el lugar del Docente Orientador sentipensante.
La sindemia: un desafío socioemocional
Se ha vuelto lugar común hablar de las emociones en esta era del capitalismo donde prima el individualismo, el “exitismo” y “sálvese quien pueda”. En la educación se apunta a las competencias socioemocionales, priorizando el corazón e intentando divorciarlo de la razón, de la filosofía. Evocando a Zuleta se ambiciona ahorrarle a estudiantes y docentes “la angustia de pensar”, porque eso es subversivo.
El manejo socioemocional de los colombianos, durante la endemia, ha adolecido de criterio científico, ético y educativo; ha sido muy político y económico con múltiples impactos en la población. El modo de administrar está cruzado inconmensurablemente por emociones e irrisoriamente por la razón. Verbi gracia, se ha dicho que “no estábamos preparados”, asunto inverosímil e impugnable, dado que Bill Gates advirtió la necesidad de tener alertas tempranas y un sistema de salud global, “para atender un factible virus aéreo, que viajaría por ferrocarril ni por agua, ni “a lomo de mula”. (Caja de Pandora, 2021, p. 246). No se ha debido hablar oscuramente de las cosas claras, sino claramente de las cosas oscuras.
Las instituciones educativas fueron cerradas abruptamente en momentos en que la pandemia emprendía y meses después, paradójicamente, se reabrieron sin condiciones de bioseguridad ni psicoseguridad adecuadas, con elevado contagio, comorbilidades disparadas, empobrecimiento flagrante, falta de infraestructura hospitalaria, ineficiencia en la vacunación, desempleo y altas tasas de morbilidad. Dentro de estas inadmisibles decisiones, no se contó con la sabiduría de los educadores, tampoco se informó verídicamente a la comunidad el destino de su escolaridad alterando emociones. Si la actitud hubiese sido dialogar, incentivar participación y decidir con conocimientos y no meramente con emociones, la situación sería aguantable, puesto que las problemáticas de salud en general, acaecidas por el pánico, ira, tristeza, duelo, trastornos de memoria, atención, motivación, alimentación, sueño y personalidad no estarían depredando la existencia.
El valor de la literatura
La literatura, más que la ciencia y la religión, ha revelado salidas factibles a las problemáticas humanas. El Quijote, las obras de Saramago y García Márquez, El principito, La peste, El Decamerón, Alicia en el país de las maravillas, son novelas que nos reivindican ante los desafíos de las calamidades. El modo como José Arcadio resolvió la peste del insomnio, en Macondo, con la ayuda de Melquiades, es un palmario ejemplo para la comprensión y praxis de las situaciones emocionales. Rebeca, la niña migrante de Manaure (García M., 2007, p. 53), es el espejo de miles de niñas, niños y jóvenes que poseen muchas emociones y alteraciones mentales por gestionar, lo mismo el niño estrábico y la chica de las gafas oscuras de Saramago.
A Rebeca, Visitación, indígena Guajira, le detectó la peste, ipso facto, Úrsula la aisló sin saber por qué comía tierra húmeda, cal y se chupaba el dedo; le prescribió una pócima de jugo de naranja serenado con ruibarbo diario, para que el hígado de la niña reaccionara; untó el patio con hiel de vaca, le embadurnó las paredes con ají y como si fuese poco le propinó tundas y correazos. No se trata de reputar a Úrsula, por su actuar, sino de llamar la atención respecto al modo como los adultos maniobran y tramitan las emociones de los menores. No es suficiente la recomendación de Pascal, la razón debe estar vinculada.
En este accionar hay quienes conciben al “Educador como psicoterapeuta” (Posada, 1987, p. 91ss); de una parte, porque, antes que trasmitir conocimientos e incentivar destrezas está ayudando a formar actitudes; es facilitador de experiencias significativas que conducen a la adquisición de actitudes. La educación, en esta perspectiva, deja de ser trasmisión y sumisión, es liberación. En este encuentro del educador y el estudiante fluye una tensión interior entre dos estados: “el adulto conocedor-niño ignorante”, lógica en la cual “el buen maestro estimulará en cada educando al adulto conocedor, tal como el buen médico despierta el factor curativo interno en el paciente” (Guggenbhul-Craig, 1992, p. 100).
Así, el educador suscita, en el educando, conocimientos y actitudes ante la vida, las personas, la naturaleza y, a través del proceso, puede corregir gradualmente acciones que no son satisfactorias en su vida personal y colectiva. Desde tal concepción, el educador que quiera ejercer una función terapéutica, “debe vivir anteriormente las actitudes que quiere ver reflejadas en el educando”, pues la actitud se forma en cada momento de la vida. De otra parte, quienes rubrican al “Educador como psicoterapeuta” sustentan que el educador no es “el obrero que coloca ladrillo sobre ladrillo del edificio del educando, o el escultor que modela una estatua como Pigmalión, sino el agricultor que cuida la semilla, sabiendo que la energía principal del crecimiento radica en ella y no en su cuidador” (Posada, 1987, p. 92). Evocando a Rogers, si el educador aguija al educando a comprender “la visión de la manera como se ve a sí mismo, él mismo puede hacer el resto”. Este es otro hilo de la morera para enmadejar emociones: escuchándose así mismo, rompiendo la fobia a estar solo.
De las grietas de salud mental (González Blanco, 2021, p. 64 ss) sabemos los Orientadores y quienes tienen formación en el campo, pero deben tenerlo los educadores dentro de su saber pedagógico y práctica, porque la situación es recurrente, amerita abordaje desde la dimensión psicológica y sociocultural. El dolor que Rebeca transporta, en su baulito de ropa, en el pequeño mecedor de madera con florecitas de colores pintadas a mano y en el talego de lona con los huesos de sus padres, no fue interpretado por Úrsula para ayudarle a la transformación de los duelos. Lo esencial es invisible a los ojos de los adultos y esa invisibilidad conduce a tomar decisiones aciagas, pues el duelo no se reduce a muerte, hay otras pérdidas emocionales. “Los niños que han sido respetados desde la infancia irán por el mundo con los ojos y las orejas bien abiertos sabrán protestar con palabras y acciones constructivas contra la injusticia y la ignorancia” (Miller, 2009, p. 17).
Con el mal blanco, en aquella ciudad descrita por Saramago, hay una situación afín a Macondo; más azarosa, porque sus habitantes no sabían por qué perdían la visión, comenzando por los oftalmólogos y pese a estar confinados en un manicomio en desuso, con rígidas normas, muchos logran recobrarla, a tal juicio que cuando la restablecieron no creían, por eso: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Todos, sin poderse mirar, mantuvieron esperanza y paciencia, porque “la paciencia es buena para la vista”.
Y podríamos adentrarnos en El amor en los tiempos del cólera para admirar la emocionalidad de Florentino Ariza quien necesitó tres días para aprender la posición de las letras en el teclado, seis para aprender a pensar al mismo tiempo que escribía, tres para terminar la primera carta y más de 53 años para encontrarse con Fermina Daza, pese al cólera, porque la vida más que la muerte no tiene límites.
Fuentes consultadas
Caja de Pandora. (2021). La Caja de Pandora: entre signos de puntuación y síntomas de malestar. In Secretaría de Educación de Bogotá DC (Ed.), Pandemia y escuela en Bogotá. Crónicas de maestras y maestros (pp. 244–273). Bogotá DC.
Fals Borda, O. (1989). Eduardo Galeano: un sentipensante. Revista Divulgación Cultural, 1, 3–8.
García M., G. (2007). Cien años de soledad, S. Ediciones, Ed.: Bogotá, Colombia.
González Blanco, J. I. (2021). La escuela, un puente desbordado por el torrente de la pandemia. Revista Educación y Ciudad, 41.
González, J. I. y otros. (2018). Pasado y presente de la orientación escolar en Bogotá y en Colombia. Pedagogía, historia e investigación. (E. Magisterio, Ed.) (Primera ed). Bogotá DC.
Guggenbhul-Craig, A. (1992). Poder y destructividad en Psicoterapia. (M. de Á. Editores, Ed.). Caracas.
Maturana, H. y otro. (1990). El árbol del conocimiento. (Ediciones Debate., Ed.). Madrid España.
Miller, A. (2009). Por tu propio bien. Buenos Aires: Tusquets Editores.
Posada, R. (1987). Terapia a su alcance. (Ediciones Paulinas, Ed.). Bogotá D.E.