Margarita Peña Borrero
Consultora, ex secretaria de Educación de Bogotá

La tarea apenas comienza

Miradas a la educación

Desde comienzos de la pandemia, en los primeros meses del 2020, comenzaron a aparecer publicaciones en las que se alertaba sobre los posibles impactos del cierre de las escuelas para hacer frente a la crisis sanitaria. Muchas vaticinaron el fin de la escuela como la conocemos, como consecuencia de la generalización de las nuevas tecnologías, el aprendizaje remoto como soporte principal del aprendizaje y el creciente interés por el llamado home schooling o la escuela en casa. No pocas anticiparon con entusiasmo el inicio de importantes y necesarias transformaciones de las prácticas pedagógicas.

En una sesión de trabajo en las primeras semanas de la pandemia, se nos preguntó a los participantes sobre los efectos que el cierre de las escuelas y el repliegue de la actividad educativa a los hogares podrían causar en la formación de los estudiantes y en el sistema educativo en general. La reflexión se remitió a dos imaginarios posibles: uno, la desaparición de la escuela presencial como consecuencia del uso generalizado de plataformas tecnológicas para aprender en casa; el otro, el impulso definitivo a urgentes transformaciones en el sistema educativo por la vía de la innovación pedagógica y organizacional de las instituciones educativas.

Ambos imaginarios parten de una percepción generalizada de que la escuela como la conocemos hoy no está respondiendo a las expectativas de la sociedad en cuanto al aprendizaje y el desarrollo de niños y jóvenes. Que se ha convertido en una organización inflexible y que las posibilidades están o bien fuera de ella o en su transformación estructural. Y que ante la inercia que la caracteriza, el sacudón de la pandemia abre un camino promisorio, siempre y cuanto sepamos interpretar las oportunidades y diseñar entre todos respuestas muy innovadoras a problemas que ya eran evidentes antes de que la pandemia alterara la normalidad.

La pandemia demostró que la educación a distancia no sustituye la experiencia presencial. No solo por las dificultades en la conectividad y el acceso desigual a los recursos tecnológicos, sino porque el aprendizaje y el desarrollo de competencias son de naturaleza eminentemente social y dependen de la interacción de los alumnos con sus profesores y sus pares, especialmente en las primeras etapas formativas. También se comprobó que las tecnologías educativas llegaron para quedarse. 

Existe un consenso bastante generalizado de que la coyuntura del Covid-19 profundizó una crisis que ya había sido “cantada” por varios pensadores y organismos alrededor del mundo. La declaración de los Objetivos de Desarrollo Sostenible respondió a un diagnóstico alarmante sobre la situación global y al papel crucial de la educación para desarrollar las capacidades de las personas y de las comunidades.

Estudios realizados con anterioridad a la pandemia se referían a una “crisis de aprendizaje” generalizada en los países en desarrollo. En 2017 el Instituto de Estadísticas de la UNESCO alertó sobre la alta proporción de niños y adolescentes que, pese a los avances en la cobertura escolar en las dos décadas anteriores, no obtenían logros mínimos en lectura y matemáticas. En América Latina y el Caribe, esta proporción alcanzaba el 36% para lectura (unos 20 millones) de y un 52% en matemáticas[1]. Un reciente estudio citado por el Banco Mundial estima que, en Colombia, la pérdida causada por el cierre de las escuelas puede alcanzar un 75% de lo que se aprende en un año escolar[2]. Las consecuencias de estas deficiencias sobre el futuro de estos estudiantes son fácilmente predecibles.

A estos hallazgos se suma la creciente preocupación por las dificultades para el desarrollo de competencias socioemocionales, así como de las que son esenciales para la convivencia pacífica y el ejercicio de la ciudadanía. La noción tradicional de bienestar como oferta de servicios complementarios ha sido sustituida por la del desarrollo de capacidades para que las personas alcancen un estado general de equilibrio físico y emocional.

Este desafío es mucho mayor si se considera que tradicionalmente las instituciones educativas se enfocan en la enseñanza de conocimientos y, en el mejor de los casos, al desarrollo de competencias cognitivas. Los docentes y directivos no cuentan, hoy por hoy, con apoyos suficientes para llenar los vacíos afectivos de los estudiantes y enfrentar complejas situaciones de maltrato y violencia que acompañan muchas veces las condiciones de pobreza y marginalidad.

Estas, como muchas circunstancias, se agravaron significativamente durante la pandemia, debido al aislamiento al que fueron sometidos los estudiantes y del que apenas comienzan a salir. La pérdida de oportunidades de aprendizaje y desarrollo de niños y jóvenes va más allá de la simple pérdida de un año escolar. Como sabemos, cada año de vida es crucial para el desarrollo físico, social y cognitivo de los niños, en especial de los más vulnerables. El tiempo perdido no se puede recuperar. Se requieren respuestas inmediatas que remedien situaciones urgentes, con una visión de largo plazo y la mirada puesta en evitar que las brechas sigan creciendo y que, por el contrario, comiencen a cerrarse en el menor tiempo posible.

Se han difundido algunos estudios que documentan el impacto de las acciones remediales emprendidas en algunos países y existen múltiples experiencias que, bien documentadas, dan pistas muy importantes sobre lo que ha funcionado y podría funcionar el en futuro cercano y establecer las bases para una transformación de largo alcance. La interrupción de las actividades escolares y la reapertura ofrecen un espacio para innovar tanto en las estrategias pedagógicas como en la administración de los centros educativos.

La pandemia demostró que la educación a distancia no sustituye la experiencia presencial. No solo por las dificultades en la conectividad y el acceso desigual a los recursos tecnológicos, sino porque el aprendizaje y el desarrollo de competencias son de naturaleza eminentemente social y dependen de la interacción de los alumnos con sus profesores y sus pares, especialmente en las primeras etapas formativas. También se comprobó que las tecnologías educativas llegaron para quedarse. No importa cuánto peso se dé a la experiencia presencial, se han despejado dudas sobre potencial de estas plataformas para enriquecer los procesos de enseñanza y aprendizaje, así como para promover el aprendizaje autónomo de los estudiantes y responder mejor a necesidades individuales. El acceso a las tecnologías y medios digitales, conjuntamente con el desarrollo de competencias para acceder y aplicar el conocimiento, son condiciones indispensables para aprender durante toda la vida.

Entre las muchas innovaciones emprendidas por docentes y directivos para superar las dificultades de la pandemia es posible identificar algunas particularmente exitosas para apalancar cambios de mayor alcance a partir de un uso apropiado de las plataformas tecnológicas. Además de las ya mencionadas en cuanto a la gestión flexible de los procesos de enseñanza y aprendizaje, estas plataformas facilitan la evaluación del progreso estudiantil y la retroalimentación individual oportuna y con propósitos formativos (de mejoramiento) antes que de calificación.

Para algunos[3], el mayor potencial de estas plataformas está en las posibilidades que ofrecen para enriquecer la experiencia de los docentes y expandir el impacto de su trabajo, al tiempo que aumentan su efectividad y, probablemente, su satisfacción profesional. Contar con recursos pedagógicos en línea abre espacio para nuevas experiencias de aula que privilegien la solución creativa de problemas, el trabajo en grupo y la retroalimentación y refuerzo individual a los estudiantes según sus necesidades. Por su parte, las actividades propias del diseño y/o selección de recursos en línea se beneficia de la colaboración entre colegas de distintas disciplinas y con diferentes habilidades, creando así la base para la consolidación de comunidades de aprendizaje y desarrollo docente.

Además de innovar en el cómo enseñar, es muy importante adoptar rápidamente medidas que alivien la excesiva carga académica a la que están sometidos los estudiantes y se supere la segmentación de las áreas del conocimiento que caracteriza los currículos escolares. El regreso a clases después de más de un año de interrupción académica exige que se prioricen aquellos aprendizajes que son fundamentales para cimentar el desarrollo de competencias y capacidades durante toda la vida.

Las dinámicas internas de la institución educativa también necesitan reformarse. Directivos y docentes deben poder contar con la suficiente autonomía para establecer planes y aplicar estrategias para la administración de los procesos de enseñanza y aprendizaje de acuerdo con las características de su población estudiantil y con prioridad en los más vulnerables, todo esto en el marco de metas de recuperación, nacionales y territoriales.

Las posibilidades y los recursos para innovar se han diversificado, y su aceptación y uso por parte de grandes segmentos del cuerpo docente dan una señal positiva de cambio. La clave, sin embargo, está en una combinación creativa de estos recursos y posibilidades para potenciar el aprendizaje y el desarrollo de los estudiantes. No basta con volver a la escuela y ampliar el acceso a los recursos digitales. Es necesario poner la mirada mucho más lejos. Y aunque la esperada transformación de la educación y sus instituciones no ocurre en poco tiempo, los pasos que demos ahora determinarán el rumbo que tome la educación colombiana en el futuro. La tarea apenas está comenzando…

[1] UIS. More Than One-Half of Children and Adolescents Are Not Learning Worldwide, fact sheet 46 (Paris: UNESCO Institute for Statistics, 2017, pg. 7).

[2] World Bank. 2021. Actuemos ya para proteger el capital humano de nuestros niños: los costos y la respuesta ante el impacto de la pandemia de COVID-19 en el sector educativo de América Latina y el Caribe. World Bank, Washington, DC. http://hdl.handle.net/10986/35276

[3] Véase, por ejemplo, Arnet T. 2021. Potential Unfulfilled: COVID-19, the rapid adoption of online learning, and what could be unlocked this year. Christensen Institute, https://www.christenseninstitute.org/wp-content/uploads/2021/06/BL-Brief2.pdf